El escritor J. J. Benítez se embarcó el pasado mes de febrero en el crucero ‘Costa Deliziosa‘ para dar la vuelta al mundo con Blanca, su esposa. Según cuenta Marca lo que prometía ser un viaje para idílico se convirtió en inolvidable pero por culpa de la pandemia del Coronavirus. De aquella aventura nace ahora el libro ‘La gran catástrofe amarilla’, de la editorial Planeta.

El viaje se convirtió en un «calvario» al coincidir con el inicio de la pandemia como cuenta Benítez: «Estuvimos más de 40 días sin pisar tierra«, aseguró en una entrevista en ‘La Vanguardia’.

Sobre la razón que le llevó a escribir ‘La gran catástrofe amarilla‘ tras lo vivido en el crucero. «Lo más interesante es mostrar como el ser humano está indefenso ante determinadas situaciones que no están previstas y como el miedo a la muerte lo domina casi totalmente«.

El virus nace de Estados Unidos

J.J. Benítez tiene sus propias teorías del coronavirus: «El coronavirus es un ensayo general para lo que se avecina, si es que es cierta la noticia o la información sobre Gog (un meteorito). Aunque hay que ponerlo en tela de juicio y, ¡ojalá! sea un error».

También asegura que el virus no salió de China: «He hecho todo tipo de investigación y me ratifico. El virus nace en Estados Unidos«.

El escritor más allá en sus pesimistas predicciones: «Creo que en 2027 se viene una verdadera y auténtica catástrofe global«. Aunque cree que la crisis del Coronavirus se superará: «En muy poco tiempo el coronavirus dichoso morirá, dejará de dar coletazos y podremos respirar un poco«.

Coronavirus en China

Mientras Europa sufre la segunda ola del Coronavirus, con nuevas medidas restrictivas y unas cifras de contagios y muertes que empiezan a recordar demasiado a las de marzo; la imagen actual de China, donde se originó la pandemia, nada tiene que ver con lo que se vive en estos países. Parecen haber controlado el virus y apenas quedan allí vestigios de que el Covid-19 un día paró sus vidas. El símbolo de esta normalidad es Wuhan, epicentro de la pandemia a principios de año, y donde hoy reina la normalidad.

Monumentos hasta arriba, espectáculos multitudinarios… La ciudad se ha convertido en uno de los principales focos turísticos del país. Allí la normalidad es absoluta, por ejemplo, en los campos de fútbol, donde los espectadores pueden celebrar los goles de su equipo sin mascarilla, ni límite de aforo ni distancia de seguridad. Y esta no es la primera muestra de normalidad que vemos. En verano, la región celebró un macrofestival a la que miles de personas asistieron con flotador, pero de nuevo sin mascarilla.

Ningún contagio desde mayo

Según datos oficiales –que siempre hay que poner en cuarentena–, no se ha detectado en Wuhan ningún contagio desde mayo, lo que lleva a preguntarse qué han hecho para frenar en seco al coronavirus. En primer lugar hay que destacar la inversión brutal de recursos. Les vimos construir hospitales enormes en cuestión de días, desplegar todo su potencial militar y también miles de sanitarios. Concretamente, 25.000 de la noche a la mañana.

También apostó desde el primer momento por un confinamiento extremo. Se decretó el estado de excepción, como en la guerra y solo un miembro de cada familia podía salir a hacer la compra dos veces por semana. Cualquiera que saliese a la calle sin justificación era considerado criminal y podía ser detenido.

La población fue sometida a un estricto control con drones, con sanitarios visitando a los ciudadanos casa por casa para tomar la temperatura uno a uno y persiguiendo casos sospechosos. Es reseñable, además, la disciplina individual de sus ciudadanos, a base de mano dura, eso sí. Pero con esa fórmula han conseguido llegar hasta hoy con una ciudad a la que han viajado en los últimos días 52 millones de turistas chinos para celebrar a fiesta nacional en la región.