Hasta ahora las tres hijas de Bertín Osborne: Claudia, Eugenia y Alejandra, a cada cual más guapa -curiosamente ninguna parecida entre sí-, habían pasado desapercibidas -todo lo desapercibidas que podían- ante el atronador seguimiento del mundo del colorín, del periodismo color rosa, de la prensa del corazón, de las portadas semanales de la cosa. La discreción de las tres respondía a una coincidente actitud voluntaria. No necesitan fama metida con calzador…

No precisan el pelotazo del dinero fácil a base a chupar cámara. Tampoco estar en el candelero, por decirlo de manera contraria al célebre candelabro de Sofía Mazagatos -por cierto, digresión: ¿qué será de esta guapa modelo que eclosionó a principios de los años noventa y ahora, treinta años después, parece que ha sido tragada por la tierra?-.

Alejadas de la fama de su padre

Las tres hijas de Bertín Osborne tienen clase. Saben estar, ser y posicionarse con elegancia. Con humildad. Con sentido común, que, mientras no se demuestre lo contrario, es el menos común de los sentidos. La fama es un concepto a día de hoy demasiado devaluado. Eso sí: por derecho adquirido. Su caída al abismo ha sido forjado por méritos propios.

Las hijas de Bertín no necesitan el figureteo de cartón piedra ni la hojalata de la vanagloria siempre mal entendida. La fama, en pleno siglo XXI, es una de las perversiones más maleables o moldeables del momento. Todos los que carecen de currículum aspiran a ella a toda costa. Contra viento y marea. En una suerte de coladero de Rondón usando las estrategias más burdas y mediocres. La fama, a día de hoy, está aglutinando en derredor a muchos oportunistas de medio pelo y baja estofa.

Todo lo contrario de las hijas de Bertín; de las hermanas Ortiz Domecq; de Claudia, Alejandra y Eugenia. Ninguna es una chica acomodada. Ninguna vive de la renta ni de la familia paterna ni tampoco de la materna. Sino del esfuerzo personal de cada una de ellas. Ejemplares en este sentido y en muchos otros. Además muy unidas las tres. Tan pendientes unas de otras…

De Bertín Osborne conocemos su temperamento. Su personalidad, su forma de ser. De ser y de hacer. Y en absoluto quiere ser el padre de ninguna artista a la fuerza. Porque conoce a la perfección el mundo de la fama, de las celebridades. Y él ha ido a lo suyo demostrando esfuerzo y profesionalidad. Encima de las tablas y detrás de la pequeña pantalla. En ambos casos lo borda. Bertín Osborne ha sido -y es- un padre moderno -entre comillas- que siempre ha otorgado libertad a sus hijas para que ellas mismas elijan el camino personal de la felicidad.

‘Lo mejor de ti’, primer libro de Claudia Osborne

Ahora es noticia la menor de ellas. Claudia. Porque está a punto de publicar un libro en cuyas páginas se abre en canal de sinceridad y confesión. Ha escrito cómo ha vivido los momentos más duros de su vida. Un gesto que la honra. Con una pretensión cristalina: que sirva de autoayuda. De servicio a los demás. He ahí la envergadura de su generosidad.

Claudia se dedica al coaching desde hace años. ‘Lo mejor de ti’ (Editorial Planeta) es su primer libro. Está redactado desde la propia experiencia personal, desde el propio testimonio vital. “La vida es una experiencia preciosa plagada de altibajos, de momentos buenos y malos. Ser conscientes de algo tan simple nos mantiene en un equilibrio que es la llave para ser feliz”.

Claudia quiere sumergir al lector en un viaje diferente, en un viaje único. En “una travesía pata descubrir quién es, qué quiere, cómo funciona y en que aprenderá a cuidarse para alcanzar la paz interna y todo aquello que se proponga”. Ella no lo duda: “Llevaba tiempo sabiendo que había algo en mí que no iba bien. No llegaba a los treinta años y ya había pasado por dos depresiones y había tenido un trastorno alimentario”. Poco después encontraría el método para salir del atolladero.