Fue un impacto a nivel nacional. De esas noticias que sacuden el dolor de todo un país. Se estremecieron los titulares. Se humedeció el lagrimar de propios y extraños. De aficionados al mundo taurino y de ajenos al orbe de la tauromaquia.

La muerte de Paquirri fue algo así como la hendidura abrupta por la que se derramó la sangre de lo inesperado. La noticia menos previsible. El sopetón de la vida que deriva en muerte. Una estocada emocional de cuanto parecía imposible.

En este 2020 se cumplen 36 años de aquel infausto suceso. De aquella enfermería en pésimas condiciones en la Plaza de Pozoblanco. De una agonía con carreteras sedientas, con carreteras interminables, con carreteras que apagaban el oxígeno y encendían la mortal expiración.

De aquella herida, doctor, con dos trayectorias. De aquellos ojos claros que vieron la negritud. De un toro, ‘Avispado’, que empapó de rojo la arena.

36 años de una cornada que convirtió a Isabel Pantoja, de la mañana a la tarde, en la viuda de España. Con llanto de letrilla de marinero de luces. Enlutada de la cabeza a los pies, traída y llevada en volandas según el itinerario del féretro.

36 años de tres niños huérfanos de padre. Del salto del albero a la leyenda. De las dos orejas – de la Puerta Grande- al mito. 36 años que enmudece la valentía para renacer la otra inmortalidad. El lamento de los clarines. Una nostalgia que se recibe a pecho descubierto. A puerta gayola.