Marismeño: “He sido un torero de estilo sevillano”

Entrevistamos a al torero Julio Vega «Marismeño» cuando se cumplen cincuenta años de su alternativa

El torero Julio Vega Marismeño nació en Sanlúcar de Barrameda el 29 de julio de 1949. Con la publicación de esta entrevista queremos felicitarle por sus magníficos setenta años. Además, este año se cumplen cincuenta desde su alternativa, cifra redonda. Con motivo de ambas efemérides lo visitamos en su casa de campo, donde vive rodeado de animales, cabras, ovejas, caballos, gallos de pelea, perros… Lo sorprendemos con una visita veterinaria para revisar a dos yeguas, de una de las cuales dice orgullosamente que tiene un cuarterón de sangre lipizzana. Se presta amablemente a conversar sobre su carrera, sus ocupaciones y sus pensamientos.

Julio Vega «Marismeño» | M. Breña

¿En tu familia había antecedentes taurinos? ¿Cómo te entró la afición?

No, salvo un primo hermano de mi padre, Miguel Ventorrillo, mutilado de guerra y cuya mujer trabajaba de guardabarrera en la vía del tren, que era tan apasionado de enseñar que nos enseñó a todos los toreros, desde Limeño a Ojeda. Fue novillero sin caballos pero no llegó a torear con picadores. Hablaba mucho de Manolete, a quien había visto torear, era un buen aficionado, enamorado del toreo y muy conocedor del toro. Vivía para ser agradable y para ayudar al que quería ser torero. Yo siempre jugaba al toro, además de que se me daba bien el modelado; en el colegio me daban una especie de masilla para trabajos manuales y desde que tenía cinco añitos hacía figuritas de barro, principalmente toros y caballos.

El padre de José Luis Parada, Antonio, era hermano de mi madre y trabajaba, al otro lado del río, como guarda mayor en una finca lindante al Coto, que hoy es marisma y parte del Parque, y mi padre también trabajaba allí como guarda. En 1959 me llevaron allí a un herradero, donde se calentaba el hierro con excrementos del ganado y se derribaba a las becerras acosándolas; entonces me dejaron torear una becerra de una familia de Almonte y ahí ya me entró la pasión. En marzo de 1961, con once años, me tiré en la plaza de Sanlúcar de espontáneo y cómo lo haría que me llevaron a hombros hasta la Plaza del Cabildo, sobre los hombros de un betunero muy aficionado, el Jano, un gitano donante de sangre, de lo mejor que había en la Tierra. Era como una manifestación de multitudes por la calle Barrameda. A partir de ahí el Ventorrillo se dedicó a enseñarme a torear.

¿Estuviste de maletilla por los pueblos?

No estuve como maletilla, en lo que se entiende como imagen clásica de maletilla. Sólo que me fui Salamanca con trece años, en un tren, de polizón debajo de los asientos. Al parar en Plasencia amaneciendo el día todo era nieve y me puse malo. Al llegar me acerqué a la Plaza Mayor para orientarme sobre tentaderos y me recogió una señora de una pensión que me acogió una semana y, cuando mejoré, me sacó el billete a Sevilla. Estuve catorce días fuera de mi casa e imagínate cómo fue la espera y el recibimiento de mi padre; es mejor no contarlo. A los tentaderos de Alventus iba pocas veces; yo aprendí toreando de furtivo, en la marisma, al otro lado del río, donde había veinte o más ganaderías. La marisma, por sus pastos, ha dado mucha bravura.

Marismeño con su primera becerra | Imagen cedida a elMIRA.es

Resume tu etapa de novillero sin caballos

En 1966, por mediación de mi tío Miguel Ventorrillo, un señor, Juan Felices, amigo de Curro Romero, habló con éste para que me viera en un tentadero y, efectivamente, en febrero me invitó a lo de Urquijo, en Juan Gómez, donde él maestro toreó seis becerras y me permitió torear tres o cuatro becerras tras probarlas él. Me volvió a invitar a otro tentadero, en lo de Vázquez Troya, por Los Barrios. A partir de ahí le dijo a Felices que iba a debutar de luces, con los gastos pagados, el 15 de mayo en San Fernando, donde corté cuatro orejas y un rabo. Me repitieron al domingo siguiente en San Fernando, donde ahora me dieron 12.000 pesetas libres, aparte de los gastos. A partir de ahí toreé en Cádiz, Rota, San Fernando, Sanlúcar, Utrera, Antequera, Vitoria, Logroño… En julio de 1967 me despido de la categoría en Sanlúcar matando en solitario, a beneficio de la Cruz Roja, seis novillos de Felipe Bartolomé; corté once orejas, cuatro rabos y una pata.

¿Qué recuerdas de tu etapa de novillero con caballos?

Debuté con caballos el 15 de agosto de 1967, también en Sanlúcar, alternando con Capillé y Núñez Lara, ambos de Sevilla, ante ganado de Gerardo Ortega, entonces puro Marqués de Domecq; se me dio bien, con cuatro orejas y dos rabos. Toreé varias novilladas de Ortega en diversos sitios. En 1968 quedé líder del escalafón de los novilleros, y eso que, en junio, en Aranjuez un novillo de Cobaleda me pegó una cornada y a los veinte días, tras reaparecer en Algeciras, en Soria otro novillo me pegó otra, fuerte, que me tuvo parado ahora un mes y medio.

En 1968 en Zaragoza toreé una novillada de José Escobar, de Isla Mínima, junto a Pepe Luis Segura y Ruiz Miguel; corté cuatro orejas y un rabo. En Sanlúcar hubo una novillada de concurso, en que actué con Antonio Pérez de San Fernando, y le perdoné la vida al novillo de Manolo Álvarez, quien salió a hombros conmigo; maté además un novillo de Cebada, al que corté las dos orejas. Recuerdo otra novillada, en Córdoba, donde corté el segundo rabo dado en la plaza nueva, de Los Califas, precisamente con ganado de Gerardo Ortega. El 1 de septiembre, en El Puerto de Santa María, indulté un novillo de Felipe Bartolomé, Moruno de nombre, toreando con Ruiz Miguel mano a mano; fue un acontecimiento importante porque éramos los dos novilleros de la provincia y se acabó el papel. En mi debut en Barcelona, con ganado de Manuel Arranz, corté dos orejas y eso me sirvió para torear mucho allí y en Palma de Mallorca, así como para tomar la alternativa; llegué a torear entre Barcelona y Palma veintiuna corridas en la misma temporada. En Sevilla toreé en 1968 cuatro novilladas, además de las dos de despedida, triunfales, antes de la alternativa. En Madrid no toreé de novillero.

Marismeño a hombros en Sanlúcar | Imagen cedida a elMIRA.es

¿Cómo fue tu alternativa?

Tuvo lugar en Barcelona el 29 de junio de 1969, ante ganado del Marqués de Domecq, con Diego Puerta de padrino y, de testigo, Mondeño, que reaparecía. La alternativa era un momento muy esperado pero no tuve suerte. Al primer toro, que en el capote embestía sensacionalmente, lo toreé muy bien y crucé la plaza dándole lances pero cuando le di dos medias verónicas, una por un lado y otra por otro, se le partió una pata y fue devuelto; salió el anunciado en segundo lugar, que resultó sosote, y le corté una oreja, la única que se cortó esa tarde.

¿Puedes definir tu tauromaquia?

Me sentía cómodo con el capote y tenía cartel de que lo maneja bien. Tuve la suerte de hacer muchos tentaderos con Pepe Luis Vázquez y en casa de Manolo González; de esos dos toreros bebí. Con la muleta mi estilo era sevillano también, al estilo de esos dos toreros. Con el capote me he sentido muy seguro pero con la muleta, también. He sido un torero estilista más que tremendista, aunque a veces me salía la garra. Será el río Guadalquivir; a César Rincón, que vivió conmigo, le decía que con llegar a Sanlúcar y lavarse la cara en el río ya había cambiado. Con la espada he sido habilidoso, ni bueno ni malo, echaba carne abajo; tengo una foto matando a un novillo de Hermanos Camará en Sevilla, donde se ve una estocada elegante, sin atracarme.

Julio Vega «Marismeño» y sus recuerdos | M. Breña

¿En quién te fijabas, aparte de Pepe Luis y Manolo González?

En nadie más. Me encantaba cómo toreaba Antonio Ordóñez y coincidí con él en algunas corridas, pero no me fijaba en él como modelo. Él y José Tomás son los que más me han gustado. Quizás sólo Paco Camino es otra de las fuentes donde he bebido, aunque no he compartido tentaderos, sí cuando toreábamos juntos.

¿Tienes buen recuerdo de la confirmación?

No. Fue el 23 de mayo de 1972. Madrid se me hizo una cuesta grande y se me vino encima; no había ido de novillero y no pude digerir la responsabilidad. Fue al día siguiente del rabo a Palomo Linares y el público andaba muy retraído, arrepentido por aquella alegría. El ganado de Arranz, salvo uno que le salió a Paco Camino y al que cortó las dos orejas, no colaboró y Antonio Bienvenida y yo no pudimos hacer nada.

Triunfo de Marismeño | Imagen cedida a elMIRA.es

¿Cuáles fueron tus mejores fechas?

En 1970, en Barcelona a un toro de Buendía le corté las dos orejas después de pincharlo dos veces; toreaba con Paco Camino y Manolo Martínez y me dieron el premio a la mejor faena de la temporada barcelonesa, que entonces se componía de más de cincuenta corridas. Después, en Vitoria, a un toro portugués de María Passanha le corté las dos orejas tras pinchar varias veces también; fue uno de los toros que mejor he toreado en mi vida. En 1971 toreé en Antequera con El Viti y El Cordobés; le brindé a Pepe Luis Vázquez, que solía seguirme, mi segundo toro y le corté una oreja después de pincharlo varias veces. Otro toro que recuerdo me salió en Campo Pequenho (Lisboa) y, aunque allí no se pican, embistió como la seda.

Esos son los toros que me dejaron mejor recuerdo, aunque otras tardes tuve faenas con orejas y rabos. Por ejemplo, en Sanlúcar recuerdo mi presentación como matador; también la tarde que compartí con Limeño y El Cordobés, ante ganado de Marqués de Domecq, y estuve muy bien. En Jerez, el día de Corpus de 1970, en mano a mano con Rafael de Paula, ante toros de Joaquín Buendía estuvimos los dos muy bien; por cierto, que estaba en el servicio militar y me castigaron con un mes de calabozo por haber toreado sin permiso. El mismo año en Algeciras, ante toros de Juan Pedro, corté cuatro orejas y un rabo, alternando con Miguelín y Ordóñez. El año 1972 en Sevilla, en abril corté dos orejas en una corrida de Núñez pero en octubre corté tres orejas una tarde, con toros de Guardiola, y, sin embargo, no me dejaron salir por la Puerta del Príncipe; había trescientas o cuatrocientas personas en el ruedo queriendo abrir la puerta y la policía se puso a pegar palos. En Sevilla llegué a torear catorce corridas.

¿Qué has toreado fuera de España?

He toreado en Méjico una temporada, cuando actué en ciudades cono Zacatecas, San Luis de Potosí o Texcoco. En la Monumental no toreé porque cuando llegué a Méjico me alojé en una finca del mejor ganadero de entonces, don Javier Garfias, lo que tengo que agradecerle siempre a él y a su familia, con la que sigo en buena relación; en la Monumental era empresario el doctor Gaona, enfrentado con el ganadero, y todo lo que oliera a Garfias no iba a Méjico DF. Toreé con las máximas figuras, Mariano Ramos, Jorge Gutiérrez, Eloy Cavazos, Manolo Martínez, Curro Rivera… En Colombia estuve dos temporadas, a través de César Rincón; toreé en Medellín, Cartagena… En la Santa María no llegué a torear. También he toreado en Portugal y Francia. Citaré Nimes, Arles, Bayona… De una plaza que ya no existe, Toulouse, tengo buen recuerdo porque allí toreé uno de los toros más a gusto de mi vida; Chopera era empresario y estaba emocionadísimo con mi actuación. Por contra, en Nimes toreé una de Victorino el año 1973 y juré que no volvería más a ponerme delante de un Victorino; no he sido partidario de torear corridas duras, porque no te permiten torear bien ni, mucho menos, bonito.

Háblanos de tu relación con César Rincón

Lo conocí en El Puerto de Santa María, en mayo de 1986, cuando toreé con Galloso y Espartaco. Un muchacho que no conocía de nada me visitó en el hotel y me pidió acompañarme a algún tentadero; le dije: “mañana mismo vamos al campo”. Me lo traje a casa y al día siguiente fuimos a lo de Buendía. Se quedó en casa cuatro meses y se fue muy preparado. Lo pusieron en dos corridas de Cali, donde triunfó y cogió un cartel; cuando volvía a España venía a vivir a mi casa. Toreamos en Colombia catorce o dieciséis corridas cada año. Cuando me retiré, al poco pegó la explosión y me ofreció torear en sus actuaciones delante de él; como no acepté me propuso trabajar mirándole sus toros en el campo. Lo mismo he ayudado a otros. Ojeda se hizo torero a mi vera, haciendo tentaderos. A todos los chavales, Mangui y otros que no han podido llegar, he ayudado.

¿Cómo era tu relación con Limeño?

Él me llevaba diez años de alternativa y teníamos relaciones de amigos pero en la plaza se acababan las relaciones. Íbamos a tentaderos y salíamos a comer juntos pero no le cogí influjos. Teníamos relación de amigos pero cuando toreábamos éramos muy diferentes.

¿A qué te dedicabas los inviernos, cuando no toreabas?  

A tentar. No paraba de hacer tentaderos; los de machos, al acabar la temporada y en enero empezaban los tentaderos de vacas. Sin llamar a ningún ganadero, podría tentar cada año seiscientas y pico de vacas. Eran camadas enteras las que tentaba, en Buendía, en Felipe Bartolomé, en Ana Romero, en Hermanos Sampedro. Las camadas de Marqués de Domecq, de Juan Pedro, de Torrestrella, de Torrealta, de Cebada, casi enteras. A Salamanca no fui a tentar porque no tenía tiempo.

Marismeño en Jerez | Imagen cedida a elMIRA.es

¿Cómo fue tu última corrida?

Yo me había aburrido y me retiré un tiempo. Reaparecí en Madrid en 1985 en agosto. Luego, el 24 de octubre participé en una corrida de la Prensa, televisada, que era de concurso, pero allí se buscaba no la bravura sino ver qué ganadero enviaba el toro más grande. Actuamos El Inclusero, que toreó un miura, Raúl Aranda y yo, que toreé uno del Marqués de Albaserrada y otro de Torreblanca. Tuve mala suerte; un toro me pegó un volteretón y ninguno de los tres cortamos nada. Tras unos años en activo me retiré definitivamente en Madrid, el 26 de agosto de 1990. Fue con una corrida de Luis Frías. Confirmé la alternativa a Fernando Galindo y el otro era Morenito de Jaén. A cuatro toros les pusieron banderillas negras. Al llegar al hotel me sentí tan desvalido que pensé que sólo para torear corridas tan duras no merecía la pena continuar y decidí irme. Los dos únicos que aparecieron por el hotel fueron dos amigos, César Rincón y Curro Vázquez, y les dije: ”Ésta es la última vez que visto de luces en mi vida”.

¿Cómo fue tu relación con los apoderados?

Buena. He tenido a tres. Con Paquito Casado, aunque profesionalmente se portó bien, no estuve mucho tiempo. Manolo Chopera me apoderó dos años, durante los que me acompañaba Pepe Sánchez Elena, gran persona. También estuve con Manolo Márquez, hombre extraordinario. Luego pasé un tiempo en que andaba suelto y los últimos años estuve con Barrilaro, con buena relación incluso después de retirarme.

¿Qué has hecho tras la retirada?

Como señal de agradecimiento, César Rincón quería ayudarme y me propuso trabajar para él viéndole los toros en el campo; así estuve nueve o diez años. Después de un año parado, Martín Arranz me propuso trabajar con él y con un torero que iba a apoderar; diez días después me entero por la televisión de que era José Tomás. A la retirada de éste estuve tres años con El Juli y luego lo dejé, porque es un trabajo muy ingrato. A través de Antonio Corbacho entré como profesor en la escuela de la Fundación Tauromex, de donde salieron Arturo Macías, Ignacio Garibay, Fabián Barba, Miguel Ángel Perera, Daniel Luque y otros; en invierno nos íbamos a Toluca (Méjico), en Pastejé, finca del propietario de la revista “6 Toros 6”, y en verano nos instalábamos en España, primero en El Castillo de las Guardas y luego en Sanlúcar, donde formábamos una familia. Ahora sólo veo los toros a José Tomás cuando actúa, tarea que comparto con Miguel Cubero, y miro las corridas para las plazas de Bayona, Vic, Orthez, Roquefort, Parentis… Antes trabajaba también para Arles. Aparte de eso trabajo para Maximino Pérez. En mi casa me entretengo con mis animales. Algunas veces asisto a las actividades taurinas sociales de Sanlúcar y voy a ver los toros a Jerez o a El Puerto.

Gran estocada de Marismeño | Imagen cedida a elMIRA.es

Acabamos. ¿Cómo ves el estado actual de la tauromaquia?

Debemos empezar por los profesores y por los políticos. Hoy se enseña que los animales son como personas pero un animal no es lo mismo que una persona; en los centros educativos no se inculca la afición a los toros de la misma forma que al fútbol. A los políticos les da vergüenza decir que les gustan toros, lo mismo que decir que son españoles o decir “Viva España”. ¿No es pena? Aparte de eso, en cuanto a la tauromaquia, el  toreo ha mejorado mucho y se torea mejor que antes; el toro es más bravo que nunca, hoy no se ponen banderillas negras y ninguno se acula en tablas. Ponerse delante de los toros que salen ahora tiene mérito. De los toreros en activo hay cuatro figuras, mientras que en mi época había doce o catorce, y los que hoy son figuras, de vivir en mi época, habrían sido de segunda fila. Sólo destaca Roca Rey, un terremoto; José Tomás es punto y aparte, máxima figura en los últimos cien años.

Marismeño y Marciano Breña

No queremos abusar más de la amabilidad de Marismeño. Lo dejamos entre sus animales y entre los recuerdos personales que ambientan el hogar, mientras nos alejamos pensando que personas como él tienen mucho que decir para ayudar a marcar camino a la afición. Está en plena capacidad de acción y el trabajo le sigue absorbiendo, pero sus opiniones deberían dejarse escuchar más. Su voz será siempre bien recibida. En todo caso, felicidades por partida doble.