Relato de cualquier nieto afortunado

OPINIÓN | MANUEL JESÚS RAMÍREZ

La señora mayor hoy viste de gala. Se ha cambiado el blusón negro – llevaba dos años de luto por su marido- para ponerse uno de tono más alegre, que para el caso es cualquier color que no sea negro. En esta ocasión, ha tirado por el gris. No es cuestión de venirse arriba.

A pesar de estar ya en pleno verano, se encuentra tapada con una manta de pelos que da calor solo con verla. El termostato hace tiempo que no funciona de forma adecuada, lo que debo admitir que es una ventaja cuando hace más de 35 grados a la sombra.

Está elegante y recién peinada porque tiene una cita muy especial. Tal es la ilusión que por una vez en muchos días no ha mirado el reloj para comprobar que a las 17.00 le tocaba la pastilla verde, a las 18.00 la azul y a las 19.00 la blanca. Cuestión de prioridades…

No obstante, la señora mayor está un poco nerviosa por ser el primer encuentro tras la cuarentena. Tras varios meses sin recibir visitas salvo las justas y necesarias para su cuidado, sabe que sus nietos y nietas van a comenzar a ir a verla. Por este motivo, repasa el protocolo de prevención que ha ideado en su cabeza con absoluta maestría.

Su nieto Carlitos fue el primero en llegar. Nada más entrar al patio, la señora hace uso de sus gafas de lejos como primera herramienta preventiva. El objetivo es empezar a zarandear las manos en forma de saludo con la antelación suficiente para que la primera toma de contacto no sea muy cerca.

Identificado el objetivo y tirados unos cuantos besos desde la distancia, hace uso de su segunda táctica: La distancia social. Para ello, emplea un adverbio que no dé lugar a confusiones.

– Siéntate por ahí, Carlitos.

Dice ahí y no aquí, no vaya ser que se confíe. Ya quisiera la RAE sacar tanta rentabilidad al vocabulario como lo hace la abuela.

Total, una vez sentado Carlitos ahí y no aquí, la señora comienza a mirar como quien no quiere la cosa el repertorio de geles hidroalcohólicos que tiene en la mesa de la entrada. Carlitos, que ya la conoce, se lo echa en las manos y en los brazos, por si acaso.

Consciente de que a la abuela le ilusiona su visita de forma proporcional al miedo que le suscita, su nieto se deja la mascarilla aunque le cueste un amago de asfixia. Nunca ha llegado a entender esa manía de las personas mayores de citar mil veces a la muerte y aferrarse a ella en cuanto ven las orejas al lobo.

Relajada ya por el éxito del protocolo, la señora mayor mira a su nieto detenidamente y, con sutileza, le suelta aquello que estaba esperando decirle desde la última vez que lo vio:

– Carlitos, estás más gordo otra vez.

Éste, basándose en años de experiencia, asimila la frase como el mejor de los piropos.

– Gracias abuela, ¡tú también estás espléndida!- le responde mientras sonríe tras la mascarilla. Y es cierto que ella estaba espléndida. Y él, más gordito.