Parece mentira que estas cosas sucedan en pleno siglo XXI. Toda persona tiene derecho a unos servicios mínimos. A unos servicios básicos. A unos servicios de primera o de extrema necesidad. A una ambulancia. Atrás quedaron los capítulos de seres desasistidos en función de su estrecha situación económica. O de otras circunstancias personales no favorables, por ejemplo, para la atención médica.

Pongámonos en situación de cuanto le ha sucedido a una mujer inmediatamente después de romper aguas. Una mujer a la que le fue negada una ambulancia y se vio en la obligación, en la única alternativa, en la única vía, de dirigirse en moto a dos hospitales diferentes y en ambos con desastroso y trágico resultado: en el primero no la quisieron atender y en el segundo le certificaron que el bebé -la criatura que llevaba en su vientre- había muerto antes de nacer.

Recompongamos la crónica de los hechos. Este suceso ocurrió el pasado domingo día 15 del corriente mes de noviembre del año en curso en Laguna Naineck, un bello pueblo de la provincia de Formosa, en Argentina. Romina Ojeda estaba embarazada -plena de ilusión por ser madre- y rompió aguas mientras estaba en casa. Hasta ahí todo normal, todo dentro de un orden.

Momentos de nerviosismo

Acto seguido y con la máxima diligencia, Silvio Paredes, su marido, llamó a emergencias para que a toda velocidad viniera una ambulancia y se la llevara al hospital. La emoción del instante comenzó a mezclarse con cierto nerviosismo. Un nerviosismo cuya intensidad se iba acrecentando por momentos.

«Mi mujer estaba embarazada, llamé a la ambulancia del pueblo y me dijeron que no vendrían. Hice cinco intentos y no me hicieron caso. Me dijeron que la llevara al hospital como sea», declara Paredes.

La cosa comenzaba a pintar mal. Muy mal. Negra perspectiva en ciernes. Desesperado, aunque procurando mantener la mayor sensatez posible,  decidió llevarla al hospital en moto -¡no había otra!- y, lo que en principio debía ser un parto sin la mayor complicación, acabó convirtiéndose en una drama del todo inesperado. En apenas unos minutos la esperanza, la buena esperanza, el estado de buena esperanza se tornó en tragedia, en llanto, en desgarro del alma.

Sin ambulancia, por culpa del coronavirus

Paredes, sí, transportó a su mujer en moto hasta un hospital, en un recorrido interminable, parecía que todo se ralentizaba dentro de la emergencia, de la prisa que los atenazaba. Llegaron al fin a primero hospital donde no la atendieron por culpa del colapso sanitario que estaba y está provocando el coronavirus.

Horror. La secuencia ya podría denominarse como una fatalidad. Así que, sin pensárselo dos veces porque además no había tiempo que perder, marcharon hasta otro hospital, no podían parar, no debían detenerse. Cuando alcanzaron el segundo hospital los médicos les dijeron que no se preocupara, que su bebé estaba bien. Las sonrisas de alivio comenzaron a pintarse alrededor de la pareja.

Fue el único hálito de felicidad de la noche. Porque no obstante al cabo de un rato las tornas cambiaron, las predicciones giraron y ya las sonrisas cambiarían en un rictus de aflicción. Y es que, aunque la madre sentía las patadas del bebé durante todo el trayecto en moto, y era señal que aliviaba a la mujer, cuando llegaron al hospital y le hicieron la ecografía…

Confirmación de la fatal noticia

Cuando le hicieron la reveladora ecografía… confirmaron que el bebé había muerto. Como no podía ser de otro modo, Paredes, tan indignado como roto de profunda tristeza, ha denunciado públicamente la nefasta cobertura sanitaria que sufren -que sufren hasta el desamparo, hasta la indefensión- los habitantes de todas aquellas zonas rurales del país.

“No les importa lo que nos pase a los que vivimos en el campo. Es imperdonable lo que han hecho. No sé si estuvo porque llevé a mi mujer en moto que perdimos el bebé. No le deseo eso a nadie”, explica con la voz entrecortada y con el ánimo hecho añicos.