Paquirri murió con las botas puestas. O, por mejor decir, con las manoletinas. A punto de cortarse la coleta. Había cogido algo de peso. Ya unas semanas antes del aciago día -de la tarde de sangre y arena- de Pozoblanco, apurando las últimas corridas, algunos aficionados habían hecho alusión al sobrepeso de Paco. Pero aún así el artista de los ruedos seguía saliendo por la puerta grande.

26 de septiembre: 36 años de la muerte de Paquirri

La decisión la tenía tomada en firme. Bien meditada. 36 años era una edad propicia para la retirada. Ya había triunfado con temple. Con orejas y rabo de faenas memorables. Jamás se puso el mundo por montera aunque, eso sí, metiera la expectación del mundo en su montera de maestro de la Fiesta Nacional. Francisco Rivera ‘Paquirri’ pasó en su santiamén de ídolo a mito. Pongamos que hablamos del 26 de septiembre de 1984.

Caía bien a propios y extraños. Porque era buena persona sin hojarascas. Sin la cáscara de ninguna doblez. Paquirri, escribámoslo ya sin comillas simples, poseía una fama rotundamente mediática. Por partida doble. Por su buen hacer con el capote y por su inclusión no pretendida en el mundo de la prensa del corazón. Un escenario en el que no en balde se desenvolvía con naturalidad. Con la media verónica de la educación siempre a punto.

La prensa del colorín le vino por añadidura. Por el plus de la fama de sus respectivos matrimonios con Carmina Ordoñez, primero, e Isabel Pantoja, después. Eran ambas dos mujeres de primera línea. De famoseo. De portadas de revistas de la cosa. Con ambas fue padre: de Francisco y Cayetano con Carmina y de Kiko con Isabel. En el momento de la fatal cogida su matrimonio con Isabel saboreaba los prólogos de una relación que se presumía definitiva.

Tan brusco adiós convirtió a la cantaora en la viuda de España. Con escenas del entierro -de la despedida multitudinaria- que aún forma parte de la remembranza más luctuosa de toda una nación. Dolor incontenible. Una multitud de personas aglutinada en apretada marea de almas en vilo y, sobre la manifestación de llanto, un ataúd a hombros. Como un torero en jornada de gloria.

Se cumplen 36 años de su muerte, precisamente la edad con la que contaba Paquirri cuando ese barco velero cargado de sueños cruzó la bahía. Cuentan los expertos en la materia que la muerte de su marido revalorizó la carrera artística de la Pantoja. Ni ponemos una coma ni restamos un punto y seguido. En cualquier caso la tonadillera no tuvo la culpa de su propia tragedia. Todo un país la vio destrozada, hecha añicos: el traje de luces de su ilusión se apagó para los restos.

Era su vida él. Hasta la funesta tarde de Pozoblanco; el cartel maldito de Pozoblanco: la deficiente enfermería de Pozoblanco; la cornada de ‘Avispado’ en Pozoblanco; el aire que ya faltaba en Pozoblanco. Hasta que la Parca se encaprichara con el diestro en la fecha negra de Pozoblanco. Incluso hasta que la eternidad cogió al toro por los cuernos. Y hasta que Paco entornara los ojos para esperar a puerta gayola a su entonces naciente leyenda. Ya el cielo azul cielo de su mirada era lágrima y esquela a pitón pasado.

Paquirri sigue generando las ovaciones del recuerdo más unánime. Es la excepción de la regla de la amnesia colectiva que España cultiva por norma. Con Paquirri no. Su fallecimiento fue soplo y desgarro en el redondel. El estoque de aquella tristeza se torna ahora, 36 años más tarde, homenaje y admiración. En el mundo de los toros brilla el ascua de luz de un biennacido. Y los biennacidos, ya se sabe, nunca mueren…