¿Quieres saber si tu relación durará mucho tiempo?

10 señales que ilustran el estado de salud de tu historia de amor

No existe fórmula mágica al margen de la más profusa y profunda manifestación del amor. El amor supera barreras, atraviesa el sopetón de todos los obstáculos, vence todas las contrapartidas. No siempre debemos determinar -creer erróneamente- que la maravillosa historia actualmente vivida y mantenida con nuestra pareja ha de tener fecha de caducidad. ¿A que ton pensar así? Nos bombardean con la contraportada siempre pesimista de los cuentos de hadas que sentimentalmente vives con tu pareja: con su lado oscuro, con su finiquito a medio o largo plazo. Craso error…

De otro lado es comprensible que nuestras alarmas más secretas salten de manera permanente. Por una inquietud inmanente al ser humano. Método de precaución: de pervivencia sentimental. La disminución -la mengua- de las sesiones maratonianas de sexo no es indicativo de un final que se aproxima. Ni una merma de la atracción (también física). Existen, sí, una serie de señales que certifican la calidad de nuestra relación De que esta apunta a su durabilidad (sin ninguna gotera perceptible).

En este sentido podemos indicar algunas como las siguientes. De entrada… ser siempre amigos. En el sentido más cordial -músculo cordial: el corazón- del término. La relación no puede basarse única y exclusivamente en su vertiente pasional, explosivamente física, en el sexo y en la sensación de lo novedoso. Nunca jamás. La amistad también te apoya y te aúpa en los malos momentos, cuando tú eres menos tú sin percatarte de ello. Cuando Santa Bárbara truena y cuando las circunstancias sobrevienen adversas.

Segundo aspecto subrayable: que cada cual tenga, sostenga y mantenga su propio espacio. Para dar rienda suelta a la propia personalidad ha de conservarse el espacio que le es propio y propicio. Lo contrario es constreñimiento, sentido reduccionista de la relación, inmovilismo, retroceso, anulación.

En tercer lugar unificar criterios para valorar y activar toda coincidencia en los valores -en las cuestiones- fundamentales. Lo que produce estabilidad. Cimientos inamovibles. Pensar de forma semejante o parecida, en suma. Visualizar el futuro a partir de coincidentes parámetros.

Cuarto: lagarto lagarto para con la rutina. La rutina es la depredadora inclemente de la relación. Crear incentivos ilusionantes y, ¡atención!, dedicar salidas y entradas -de veladas- a la pareja en sí misma. Regalarse tiempo ex profeso. Sin la intervención ni la compañía ni la influencia de nadie más. La pareja es cosa de dos y, como tal, merece el cronómetro de su privacidad, de su intimidad, de su historia inédita.

Quinto: también hablar de sexo, abordarlo sin tapujos, con la máxima sinceridad manifiesta, por si surgiere alguna dificultad o por si pudiera enriquecerse aún más si cabe el tesoro que ambos mantienen. Hablarlo además con frecuencia. Con comprensión. Con ánimo de generosidad recíproca.

Sexto: un síntoma ilustrativo: cuando las diferencias -bien entendidas- refuerzan la relación. Debatir, dialogar, confrontar en tono sereno la conversación protagonizada por dos personas que se quieren “a rabiar”. No intentar demostrar, de manera constante, que el otro está equivocado supone una señal luminosa. Y un síntoma que define el excelente estado de la relación.

Séptimo: no sentirse incómodo con los éxitos de tu pareja. Parece paradójico y contradictorio. Pero suele ser moneda común no siempre confesable. Éxitos profesionales, éxitos relacionales o éxitos económicos. Si una pareja es la suma de dos, esta manifestación no tendría sentido. Hagamos la reflexión en voz alta.

Octavo: no generalizar una actitud. El otro puede tener un mal día o estar atravesando un controvertido momento, una época desfavorable. De ahí que el respeto, la educación e incluso -y mayormente en tales circunstancias- la admiración es garante de éxito.

Noveno: el arte de la adaptación y del cambio siempre juntos. La evolución cogidos de la mano…

Y es que una relación no tiene por qué mantener el suspiro idílico del día de la boda o el imaginario de un futuro intachablemente perfecto. Porque posiblemente la idílica perfección de una pareja resida en la capacidad de aceptar los cambios que adopta con el paso del tiempo y, a su vez, de amoldamiento y de comprensión.

Y décimo: el convencimiento de que nuestra vida ha mejorado en todos los sentidos, en todos los aspectos, en todas sus vertientes desde “que estamos juntos”. Una pregunta infalible -que no falla y nos resitúa- es saber o pensar dónde estaríamos en este preciso instante si no hubieses conocido a tu pareja. Y si nos gustaría ser diferentes a como somos a tiempo presente. ¿Has renunciado a muchísimo o por el contrario te has enriquecido manifiestamente? Por tanto: ¿durará mucho tiempo tu salud? El vaticinio publícalo en tu fuero interno.