¿Por qué cada vez damos menos las gracias?

¿Se trata de un signo de cortesía social en horas bajas?

No sólo cuestión de cortesía, sino de educación social. Norma de civismo en su más elegante vertiente. Código de ciudadanía y señal de empatía para con el prójimo. Y de consideración hacia la generosidad ajena. Sin embargo no solemos ejercitar la noble costumbre de dar las gracias. De ser agradecido. De expresarlo pública o privadamente. De manifestar a viva voz nuestra gratitud. Aunque la sintamos en el fuero interno. Pero no la verbalizamos…

No es afirmación baladí. Un reciente estudio publicado en Royal Society Open Science así lo corrobora: cada vez -por veces- damos menos las gracias. Aunque esta tremenda afirmación no quiera decir que seamos por tanto maleducados. Porque depende de otros sospechados condicionantes, como por ejemplo el idioma en el que hablemos. ¿Qué el idioma puede afectar en este sentido? Naturalmente que sí…

La cosa no genera ningún tipo de dudas. Los investigadores realizaron un sesudo experimento con voluntarios que hablaban varios idiomas -incluso entre ellos algunos dialectos indígenas-. A todos ellos se les observó con detenimiento mientras actuaban con otras personas y les pedían favores. Ha de constatarse que el experimento se realizó en situaciones cotidianas en las que las personas interactuaban con conocidos suyos y les pedían favores intrascendentes (como, verbigracia, pedir que les pasaran la sal), y también en entornos profesionales.

¿Qué mostraron los resultados? Que la gente -las personas en su generalidad- era más propensa a dar las gracias cuanto más ajeno era el escenario y el ambiente en el que le hacían el favor. Según los investigadores, la costumbre hace que entre personas conocidas se asume que hay que colaborar, así que el hecho de dar las gracias se reserva para cuando nos hacen favores excepcionales. ¿Craso error? ¿Dónde hay confianza… da asco?
Excepcionalidades aparte, el idioma también jugaba un papel importante. Mucho. Los angloparlantes eran los que más veces daban las gracias (en un 14% de las ocasiones), frente a los polacos, que sólo lo hicieron un 2% de las veces. Eso no significa que los angloparlantes sean más educados que los polacos, sino que las características de su idioma propician el uso de las expresiones de gratitud. Diríamos que es el idioma el que es menos rudo, no las personas. ¿Qué diría el histórico y recordado Fernando Lázaro Carreter a este respecto?

Una reflexión esclarecedora: los autores del estudio explican que no hay que confundir la gratitud con el hecho de expresarla y que hay muchas más formas de hacerlo (con una mirada, por ejemplo) que oralmente. Con todo y con eso cabría preguntarse, al margen de dicho estudio: ¿no estamos viviendo una edad de megalomanía donde creemos que nos lo merecemos todo? ¿Hasta qué punto dar las gracias parece una simbología de inferioridad? ¿Estamos imbuidos por el imperio de la altanería reinante?