La fuente misteriosa

Un seis de enero mi rey Baltasar dejó, entre otras cosas, en mi sofá un libro de aventuras protagonizado por cinco jóvenes que se metían en toda clase de líos y deshacían entuertos por doquier.

Su autora, la británica Enid Blyton logró que los misterios en los que siempre andaban metido los chavales, consiguieran que me enamorara de la lectura en el momento preciso en que mi infancia deba paso a una juventud que buscaba otros derroteros.

Tras aquella pubertad, las experiencias de la vida habrían de trasladarme a la actual madurez.

Y hoy cuando ya casi no tengo nada que peinar, un misterio propio de aquellos años vuelve a emocionarme y a intrigarme.

Cuentan los viejos del lugar que en este Jerez nuestro, en este Jerez de nuestras fronteras, hubo una vez una fuente de la que manaba agua.

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Dicen que en ese sitio céntrico, eje de la vida comercial y social de la ciudad, el canturreo del agua era constante.

Afirman que incluso era el epicentro al que llegaban todas la ilusiones cofradieras de un año entero, cuando se alcanzaba el inicio de una añorada carrera oficial, que quien sabe si no sería la solución a todos los males cofrades de los últimos meses.

Pero, perdón. Desvarío. Se me nota mi filia semanasantera. Vuelvo al tema. No divago más.

Aquella fuente de rotonda, en la que el líquido elemento era el protagonista, sin saber por qué, de un día para otro se secó.

La tristeza y el silencio se apoderaron de ella durante mucho tiempo hasta de repente pareció que cual ave fénix, renacería de sus cenizas.

Fue cubierta por verdes telas de esperanza que todos pensamos que albergarían un futuro mejor para nuestra fuente de rotonda.

Pasaron los días. Pasaron las semanas. Llegó otra primavera y la sequía seguía inundando aquella calle testigo de tantos amores y desamores. Pasó esa primavera. Nos torturó con tremenda virulencia un cruel verano. Llegó un otoño que es de todo menos otoñal y la fuente siguió oculta al mundo.

Creo que ni los cinco de Enid Blyton habrían sido capaces de averiguar que había allí dentro.

Ni el propio Tintín habría osado a asomarse  por la calle Larga, a pesar de que Milú hubiera hecho lo mismo que tantos otros perros jerezanos, dados a dejar recuerdos innombrables sobre el pavimento.

Llegué a pensar en un loco afán por desentrañar aquel misterio, que el dirigente de turno habría contactado con el Ministerio del Tiempo y que habría traído al  mismísimo Bernini a través de los siglos y que alojado de incognito en una pensión del barrio de San Miguel estaría diseñando una réplica de su Fontana de Trevi.

Cuando de repente, un día sin previo aviso, como ocurriera en la máquina del tiempo que pilotara H. G. Wells, las vallas desaparecieron como los tablones que cubrían la casa decimonónica del inventor que tuvo el tiempo en sus manos.

Pero, oh desilusión sin fronteras. El muro de la vergüenza no dejó al descubierto la fuente romana. La de la Rotonda de los Casinos estaba igual que siempre.

Pensé y me alegré. Me conformo con mi fuente, con mi fuente misteriosa. Me gustaba tal y como lucía antes de ser escondida. Siempre me gustó su surtidor. Mi memoria auditiva me retrotraía a la infancia.

Duraría poco mi ilusión. Me equivoqué cantando victoria tan  pronto. Los muros verdes volvieron a taparla, volvió a ocultarse a mi vista.

No me quedaba otra que, rememorando mi pasión por los relatos de aventura de mi infancia,  dejara volar a mis pensamientos.

¿Quién sabe? Quizás volvió a ser cubierta porque nuestro ayuntamiento ha cerrado un acuerdo con la NASA para instalar un acelerador de partículas que demuestre los orígenes del universo y que de paso traiga trabajo y acabe con la cruel lacra del paro de nuestra ciudad.

Me paré ante ella. Reflexioné. Volví a la cruda realidad. Me di cuenta que aquellos personajes de Blyton, de Verne, de Salgari, de Ibáñez o de Hergé de mi añorada infancia, me habían engañado, habían desbordado a la loca de la casa, a mi imaginación.

No podía pasar algo así en nuestro Jerez, en este jerez de nuestras fronteras. Sería como siempre. No sería una puerta al futuro, una vez más sería el reinado de la desidia, del caos y de la desorganización.

Pero en fin esto es mi Jerez con fronteras. Que le vamos a hacer si es lo que tenemos. Nos ha tocado.

José Blas Moreno
José Blas Moreno