El 22 de septiembre marcó el tránsito del verano al otoño. Sin embargo, habrá que esperar unos días más para el cambio de hora: la madrugada del próximo sábado 24 al domingo 25 de octubre habrá que retrasar los relojes una hora y pasaremos al horario de invierno.

De esta manera, a las 03:00 serán las 02:00, mientras que en las Islas Canarias a las 02:00 será la 01:00. Esto significa que se ganará una hora de sueño y, a partir de ese día, la sensación es que anochecerá antes.

¿Cuáles son sus beneficios?

Este cambio de hora se produce el último domingo de octubre de cada año y forma parte de la Directiva Europea 200/84CE; que también establece la aplicación del horario de verano a finales de marzo. Esta normativa es de obligatoria aplicación en todos los países miembros de la UE; y tiene como objetivo lograr un ahorro energético y aprovechar las horas de luz natural durante el invierno.

Supone además un beneficio para sectores como el transporte y las comunicaciones, para la seguridad vial, las condiciones de trabajo, la salud, el turismo y el ocio, según argumentaba la Comisión Europea en 1999.

¿Acabar con el cambio de hora?

Esta misma institución realizó, en 2018, una consulta pública a todos los ciudadanos europeos en la que más del 80% de los 4,6 millones de personas que participaron se mostraron a favor de acabar con los cambios de hora.

Con este resultado, la Comisión propuso acabar con esta práctica y que, en marzo de 2019, se produjese el último cambio de hora. La falta de consenso entre los estados y de evaluaciones de impacto ha hecho que Europa retrase hasta 2021 la posible anulación del cambio horario.

El origen

El origen del cambio horario se remonta a la Antigua Roma, cuando las clepsidras o relojes de agua de los romanos tenían diferentes escalas en función del mes del año que fuera. Así, en la latitud de Roma, la tercera hora tras el amanecer, la hora tertia, empezaba (usando el horario moderno) a las 09:02 y duraba 44 minutos en el solsticio de invierno; pero en el de verano comenzaba a las 06:58 y duraba 75 minutos, según relata el historiador Jérôme Carcopino.

Mucho más cercano, otro de los antecedentes del moderno horario de verano se remonta al 30 de abril de 1916; cuando, en mitad de la Primera Guerra Mundial, el gobierno alemán decidió que todos los relojes se adelantarán una hora para reducir el uso de luz artificial y ahorrar energía.

Dos años más tarde y, con el mismo propósito de ahorrar energía en el marco de la Primera Guerra Mundial, el presidente estadounidense Woodrow Wilson firmó un decreto en 1918 para adelantar la hora. No obstante, todas estas iniciativas fueron revertidas una vez que acabó la guerra.

La costumbre de atrasar los relojes en invierno y adelantarlo en verano se empezó a usar de forma generalizada en 1974, tras la primera crisis del petróleo; para poder aprovechar mejor la luz del sol y consumir menos electricidad.

Un cambio adaptado en España desde 1974

En España, se aplica desde 1974, aunque diversos colectivos sociales rechazan esta modificación horaria. Reclaman que el país mantenga el horario que le corresponde por su posición geográfica.

Sin embargo, según los cálculos del Instituto español para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), el potencial de ahorro en iluminación en España por el cambio de hora puede llegar a representar un 5% del consumo eléctrico en iluminación, equivalente a unos 300 millones de euros.

Afecciones al organismo

En principio, el adelanto o retraso de una hora no tiene mayores consecuencias para la salud. El organismo tiene capacidad suficiente para adaptarse en cuestión de muy pocos días a un cambio horario que por otro lado resulta mínimo.

Es posible que, en algunas poblaciones especiales, (niños, ancianos, o en algunas personas con problemas oftalmológicos o neurológicos) dicho proceso de adaptación requiera más tiempo. Pero, en cualquier caso y en términos generales, pero para el organismo representa un obstáculo menor.

En niños y ancianos, el cambio de hora puede provocar leves alteraciones en el sueño, los hábitos alimenticios y el estado de ánimo, con un aumento del cansancio, la irritabilidad o la falta de concentración.