Sevilla, ciudad de gorrillas

Pese a la existencia de una ordenanza municipal concreta desde 2008, los conductores siguen sufriendo coacciones por parte de estos individuos

El Coronavirus ha traído una gran cantidad de cambios a nuestras vidas. Cada vez es más habitual lavarnos las manos antes de entrar a una tienda, o chocar los codos y evitar, en la medida de lo posible, los abrazos y los besos con los amigos, así como el uso de las mascarillas, un elemento indispensable a la hora de salir de casa. La seguridad está por encima de todo.

Pero hay cosas con las que la virulencia del virus no ha podido. La gente sigue saliendo y entrando de sus casas con las mismas ganas que antes, se sigue disfrutando del buen tiempo, de las playas y las montañas, los museos y los monumentos como la Catedral o la Giralda siguen impertérritas al paso del tiempo, al igual que los gorrillas que siguen en las mismas calles de siempre. Y es que en Sevilla hay cosas que nunca van a cambiar.

La presencia de aparcacoches por todas las calles de la capital andaluza es tan típica como la imagen de un termómetro que marca más de 50 grados en pleno agosto. El problema de los gorrillas en Sevilla viene de lejos. Ya ni siquiera se puede considerar un mal endémico y sonrojante ya que su presencia en las calles está más que normalizada entre la población y las autoridades municipales.

Estos individuos, de aspecto casi marginal, campan a sus anchas intimidando a los conductores a cambio de dinero. Solo piden una moneda a cambio de ayudarles a aparcar su vehículo y lo que es peor, vigilárselo una vez su dueño este ausente. Solo piden un poco una pequeña recompensa, pero si no la hay, peligro.

Esta actividad tan básica en plena calle se perpetúa ante la ineficacia del Ayuntamiento y los alcaldes que no han hecho grandes esfuerzos para acabar con la proliferación de estos «auxiliares». Un fracaso municipal que ha ido heredando cada alcalde desde Alejandro Rojas Marcos en los años 90.

Ninguna de las medidas aplicadas por el Ayuntamiento ha dado el resultado esperado ni de lejos. Ni el mayor número de sanciones ni la ordenanza antivandálica y ni si quiera la zona azul en barrios como Nervión o Bami, donde la situación era límite, han podido contener a estas personas.

Pese a la existencia de una ordenanza municipal concreta desde 2008, los conductores siguen sufriendo coacciones por parte de estos individuos al aparcar sus coches en determinadas zonas de la ciudad. Aquella medida aprobada por Alfredo Sánchez Monteseirín castigaba a los gorrillas con una multa de 120 euros por la práctica de exigir dinero a cambio de indicar un lugar para aparcar.

Sin embargo, esta ordenanza no tenía en su época ni tiene ahora ningún tipo de vigencia. Y es que la mayoría de los denunciados carecen de domicilio fijo. Son personas que duermen generalmente en la calle, de ahí que las multas se tramiten, pero resulte imposible luego notificarlas y en último lugar pagarlas. Es lo que viene siendo la pescadilla que se muerde la cola. Cientos de multas que acaban en el cajón. Nadie las paga. De hecho, solo se pagan el cuatro por ciento de estas sanciones.

La resignación es la tónica dominante entre todos los sevillanos. No hay soluciones a corto plazo. Lo que no han podido aplacar las autoridades tienen que pagarlo los ciudadanos. Un fracaso tras otro que nadie quiere hacerse responsable de él. Los gobiernos pasan y el problema sigue estando ahí, y mientras tanto los sevillanos, euro a euro vacían sus carteras para evitar males mayores.