La amistad es un regalo del cielo… siempre y cuando la sepamos cuidar, cultivar e incluso conservar. Es tan importante y tan esencial en las relaciones humanas que hasta existe el Día Internacional de la Amistad, a celebrarse cada 30 de julio (fecha que, por otra parte, ha sido designada por la Asamblea General de las Naciones Unidas a propuesta de la Unesco).

La amistad es un tesoro que no tiene precio. La amistad es generosidad, es ayuda, es protección, es colaboración, es reciprocidad. Pero también surte el efecto contrario, a veces…

Y así como el amor, también hay amistades que matan. Es cuanto ha sucedido entre Andrew Jones y Michael O’Leary, de 53 y 55 años, quienes llevaban 25 siendo amigos.

Llevaban, sí. La amistad ha terminado cuando el primero se enteró de que el segundo era el amante de su mujer, y le disparó en la cara con un rifle causándole la muerte en Gales (Reino Unido). No se trata de un accidente. Ni de lejos. No se trata de un descuido. No se trata de un despiste convertido en fatalidad.

No. El asesinato en toda regla fue cuidadosamente premeditado. Al enterarse Jones que su mujer, Rhiannon, y Michael mantenían relaciones sexuales tras haber comenzado una aventura cuando iban al gimnasio, entró en una fase de cólera inicial pero luego lo tuvo clarísimo:  planeó una emboscada para reunirse con su amigo. Para tenerlo, presencialmente, frente a frente.

Jonas se hizo pasar por su esposa ante su amigo 

¿Qué sucedió? Pues que Jones se hizo pasar por su esposa y quedó con Michael vía mensaje de texto. El receptor se tragó el sapo y cayó en la trampa. Ni imaginaba cuanto le sobrevendría.

Cuando se encontraron, le disparó en la cara con un rifle Colt.22. No se lo pensó dos veces. Iba -nunca mejor dicho- a tiro hecho. Y sin duda que resolvió pronto.

Ato seguido llevó el cuerpo con una carretilla a su propio vehículo, lo hizo sin temor de ninguna clase, muy decididamente, quemó luego el cadáver y lanzó el coche al río para hacer pensar a las autoridades que se trataba de un suicidio. Muy del cine de terror de los años 50.

Antes de perpetrar el asesinato, Andrew Jones usó el teléfono móvil de la víctima para enviar mensajes a su mujer e hijos diciendo que «lo sentía mucho».

Más datos reveladores: la mujer del fallecido, Sian, sí admitió que su marido y ella ya soportaban alguna larga etapa de crisis matrimonial, pero que, en cualquier caso y a pesar de todo, sobre todo a pesar de su aventura con la esposa de Jones, lo seguía amando.

El presunto autor negó los hechos en todo momento y se enfrentó a las duras palabras de Wayne en el juicio, el hijo de Michael -su amigo-, quien le dijo que siempre le iban a recordar «como a un monstruo».

Un asesino que llevó al extremo la infidelidad de la que estaba siendo víctima. Jones, en cualquier caso, tendrá que pasar al menos 30 años en prisión antes de que se pueda considerar su puesta en libertad condicional.