¿Comparar el Rocío con los Sanfermines?

Una corriente mediática pretende generalizar las inexistentes semejanzas entre ambas tradiciones

Craso error comparar el Rocío con los Sanfermines. Una (falsa) comparación repetida mil veces no constituye verdad. Ni aún en la era periodística de la posverdad. Ni tampoco utilizando adrede la corriente de laicismo que azota inclementemente los tentáculos mediáticos de la sociedad: aquellos desagües del rigor de la pluralidad que exige el respeto por las ideas y las creencias de terceros. Del prójimo. Del otro. Determinada corriente pretende imponer a toda costa los puntos de semejanza cuando…

Cuando a decir verdad puntos de semejanza no existen entre el Rocío y los Sanfermines. Ni siquiera en el engarce cuantitativo de movimiento de masas. Porque el movimiento de masas depende del origen y del fundamento del mismo. Y el punto de partida de la fiesta del 7 de julio y de la romería almonteña -con meta en Almonte- nada tiene que ver ni en su génesis ni en su útero intrahistórico. Ni de lejos. Es como emparentar Gárgoris y Atila por razones de su resonancia en el libro mayúsculo de la Historia.

A día de hoy se crece el modismo de la imposición por norma. Y por postulados de cartón piedra. No abriremos en canal los aspectos positivos y negativos (o corregibles) de las carreras delante de los toros cuando toca vestirse de blanco y anudarse el pañuelo rojo al cuello. Pero sí quizá afrontemos -por conocimiento de causa- la desmitificación de los falsos sambenitos que a la chita callando han endosado para los restos a la trastienda del universal Camino del Rocío.

Veamos: el Rocío no es una reunión de catetos. Nanai de la china. El Rocío no es una manifestación que minusvalora hipócritamente la devoción mariana. Ni por ésas. El Rocío no es un pretexto para satisfacer la tripamen a costa del bolsillo ajeno. Nones. El Rocío no es una trinchera disimulable para consumir sustancias nada saludables para el organismo. No es no. El Rocío no es un escaparate para aparentar cuanto no se tiene. O no debiera ser. El Rocío no es una excusa barata para redondear unas vacaciones bajo el argumento religioso del amor profesado a María Santísima.

Nada es impoluto. Y allá donde se reúnen varios hombres, varias mujeres, la tergiversación podrá existir. Sobre todo cuando hablamos de miles y miles de romeros. Cuando abordamos una romería de alcance universal. Existirán, por supuesto, la excepción -las excepciones a granel- que emborronen la pureza, el purismo. Pero generalizar conlleva injusticia. Sobre todo cuando esa generalización alude a una clara minoría. Sobre todo cuando esa generalización alude a una práctica en evidente descenso.

Una golondrina no hace verano. Y la parte -exigua- no define al todo. Los Sanfermines merecen todos los laudos en cuanto a expresión popular de una tierra. Riau. Con sus pros y sus contras. Ídem el Rocío. También con sus contras y sus pros. Pero no existen vasos comunicantes ni histórica ni antropológicamente. No coinciden ni en el género ni incluso en el formato. Es un disparate esta querencia de sostener conexiones que ni constataremos. A Dios -y a su Santísima Madre- lo que es de Dios. Y a la grandeza de otras fiestas su máxima gloria. Chupinazo.