Es el pan nuestro de cada día. Las noticias desagradables abundan por doquier. A diario, a puñados, a mansalva. La brutalidad de algunas personas no encuentra parangón. La falta de escrúpulos no es un derecho adquirido. Nadie tiene libertad para todo. Menos aún para hacer de su capa un sayo. Sobre todo cuando se traspasan las líneas rojas de lo legal y, a mayor abundamiento, se hace daño a terceros. Una conducta siempre inadmisible y más cuando hablamos de maltrato animal. Es el caso de Rehan Baig, que ha sido condenado a tres años de prisión en Reino Unido. ¿Cuál ha sido su delito? ¿Cuál o cuáles -en plural-? El principal mantener sexo con gallinas mientras su mujer, tan pancha, lo grababa. Ambos de acuerdo. Ambos pactando la aberración de esta acción tan deplorable. Tan denunciable, por descontado.

Los hechos han tenido lugar en la ciudad de Bradford. Concretamente en el sótano de la casa donde su mujer, Haleem Baig, usaba una Go Pro para grabar. Para grabar tamaño despropósito. Los animales eran las mascotas de la familia. Los animales murieron por la agresión. Los animales son dolorosos protagonistas de esta noticia que ha despertado la ira entre todos cuantos han conocido su realidad.

Baig no ha dudado en declararse culpable en el juicio por 11 delitos en su contra. 11 delitos no es acusación baladí. 3 de estos 11 delitos eran por penetración a varias gallinas. Maltrato animal. Una obsesión perturbada y perturbadora. Este hombre ha reconocido que, en efecto, había además descargado pornografía infantil y, de otro lado, actos sexuales con animales. No queda la cosa ahí. Otro delito evidente se le suma: poseía 405 miligramos de cocaína y algo más de 4 gramos de cannabis.

Delitos sucesivos

Un delito detrás de otro. Un delito en plural con carácter sucesivo. Por tanto, se trata de un delincuente en toda regla. Consciente de sus fechorías. Reincidente además. Sin ningún atisbo de arrepentimiento. Sus acciones no son accidentales sino conscientes. Tan es así que el juez le recriminó todos y cada uno de sus actos, además de tacharlo de “depravado, despreciable y pervertido”.

El juez ha comunicado al acusado que comete delitos que podría revolver el estómago a todo hijo de vecino. También su mujer ha reconocido la culpabilidad. O al menos la complicidad en el desarrollo de los abusos sobre las gallinas. Con todo, ella ha sido absuelta de la cárcel al comprobarse que, para más inri, había sufrido abuso por parte de su pareja. ¿Quién da más en el catálogo de los delitos domésticos habidos y por haber?

El 9 de julio fue la fecha. El 9 de julio se produjo una redada en el domicilio de la pareja. ¿Por qué? Porque había pruebas de que el sujeto poseía imágenes de abusos a menores. Allí, in situ, se hallaron numerosos vídeo que lo demostraban, que lo evidenciaban. Las pruebas del delito. Las huellas de la acusación. Nada se podría fundamentar en contra. Las imágenes valían más que millones de palabras de pretexto.

Imágenes en movimientos del acusado

Pero es más: se encontraron imágenes que demostraban cómo Rehan Baig había penetrado a varias gallinas. Aposta. Con premeditación. No tenía salida. Para ser más exactos, la fiscal que lleva el caso ha señalado textualmente que “se encontraron imágenes en movimiento del acusado teniendo relaciones sexuales con penetración con varias gallinas”.

Como no podía ser de otra manera, Rehan Baig ha sido incluido en el registro de delincuentes sexuales de por vida por maltrato animal. Le han prohibido tener animales y por supuesto gallinas. Se trata, a no dudarlo, de un contraejemplo. De un claro contraejemplo social. De un exponente del peor incivismo. Salvajadas en pleno siglo XXI están del todo injustificadas. La depravación ya es signo de otros tiempos. ¿O quizá no?