Aunque cada niño lleva su ritmo, y es algo totalmente natural que puede suceder en cualquier momento de nuestra vida, muchos padres temen la llegada de los famosos y archietiquetados ‘terribles dos años’, como muchos los llaman, por las numerosas rabietas o enfado que concentran los menores a partir de esta edad.

Y es que entre los 2 y los 4 años aproximadamente, son bastante frecuentes las pataletas. A veces en los lugares menos indicados, y sin razones aparentes, algo que inquieta, y mucho, a algunos padres.

Según reconoce en una entrevista con Infosalus Tania García, pedagoga y fundadora de Edurespeta, la Escuela Internacional para Familias y Profesionales que desean educar con respeto, a esta edad los niños empiezan a conocerse a sí mismos y a darse cuenta de que ellos tienen voz y voto, además de descubrir que tienen su propia personalidad y una mente propia que les indica su camino y sus intereses, lo que les lleva a defenderlos.

Según señala, los menores muchas veces quieren cosas que no son óptimas por su seguridad, o bien salud o bienestar, o son cosas directamente imposibles y por eso acaban teniendo una explosión emocional. ¿Qué necesitan entonces los niños cuando se enfadan? «Lo mismo que cualquier adulto. Pero, en ocasiones, resulta complicado saber exactamente cómo actuar para que el niño entienda que lo que le está ocurriendo tiene un motivo y también una solución», aclara.

¿Qué necesitan los niños cuando se enfadan?

García acaba de publicar ‘¿Qué necesitan los niños cuando se enfadan? (Beascoa), un cuento en el que aporta las claves de qué hacer en estos casos, y en el que Dami es el protagonista y será él quien escenifique las distintas situaciones cotidianas que viven todos los niños en este sentido.

Así, esta formadora de familias recuerda que los niños son seres emocionales, al igual que los adultos, si bien destaca que ellos se están desarrollando y conociendo emocionalmente. «El cerebro de un niño es puramente emocional, no hay prácticamente lugar en él para la razón y, por tanto, expresan el enfado de una forma completamente natural y primitiva, tal y como les sale de su interior. Realmente no debería ser de otra manera, lo antinatural es querer que se comporten con un razonamiento no posible para su etapa vital«, agrega.

A su juicio, el problema surge cuando los adultos no comprenden que un niño pueda sentir enfado, miedos, tristeza, rabia o emociones en general. «De esta forma acaban reprimiéndolos. Que un niño exprese sus emociones abiertamente es tratado como algo a evitar por la sociedad, nos avergonzamos públicamente de sus enfados. La mayor parte de adultos hemos sido educados en el ‘calla y no llores’, en el ‘te estás comportando como un bebé’, incluso en la ridiculización del propio acto de llorar o de expresar las emociones», lamenta García.

Según defiende, esto nos ha llevado a replicar esta manera «tremendamente errónea» de educar, siendo lo preferible el acompañar, empatizar, escuchar activamente y respetar las emociones de los niños sin juzgarlos, ser tolerantes, amables, cariñosos y compasivos, aún cuando compartamos o no el motivo de su enfado.

Mismo significado que en adutlos

«El significado del enfado en los niños es el mismo que el del enfado adulto: expresar disconformidad, rechazo, frustración, tristeza, malestar. El problema es cuando socialmente parece que el único enfado lícito es el de un adulto y que el de un niño molesta y no debe ser expresado», añade la experta en educar con respeto, al mismo tiempo que recuerda que no es que los niños se enfaden mucho, si no que somos los mayores los que hacemos un juicio adulto y, por tanto, nos molestan sus emociones, pero en realidad no se enfadan ni mucho ni poco, sino que se enfadan acorde a sus necesidades.

Según relata Tania García, el razonamiento no entra en el mundo infantil, ni debería hacerlo. Dice que su cerebro está lleno de emociones donde no cabe el razonamiento ni las explicaciones, sólo están embriagados por la emoción y por lo que ella les genera; por lo que remarca que lo que necesitan de nuestra parte en esos momentos, no es decir a todo que sí, ser permisivos o ser rudos, intolerantes y violentos, sino el simple acompañamiento calmado, amoroso, amable, y sobre todo comprensivo.

«Lo importante como padres es siempre saber si realmente ese enfado es necesario, si se podría haber evitado con alguna ayuda o acompañamiento por nuestra parte, o simplemente por pensar y reflexionar sobre lo que ellos solicitan o necesitan. Al fin y al cabo, todos nos enfadamos, pero se supone que los adultos deberíamos tener una madurez emocional diferente en la que cuando nos enfademos respetemos a los demás y también a nosotros mismos», aclara.

Cómo acompañar a los niños ante el enfado 

De hecho, destaca que cuando nuestros hijos se enfadan están realmente diciéndonos más que nunca que nos necesitan a su lado para poder acompañar esa emoción que están sintiendo. La fundadora de Edurespeta aconseja que los padres intenten comprender su enfado, aunque no compartan sus motivos y no estén de acuerdo. «Podemos decirle por supuesto que ‘no’, pero no olvidemos que debe de ser un ‘no’ empático, cariñoso, y atendiendo en todo momento a sus necesidades emocionales», insiste la especialista en educación basada en el respeto.

En su opinión, lo más importante al fin y al cabo es que los padres entiendan que no deben enfadarse cuando sus hijos también lo hacen, porque realmente estos tienen unos motivos propios cuando se enfadan (no quieren irse del parque, tienen ganas de jugar con un juguete que en ese momento no pueden tener, quieren ir a un sitio donde pasan tiempo con sus amigos, por ejemplo), pero la razón del enfado son propias y como tales debemos poder identificar esto para evitar que esa emoción acabe también en nosotros.

«Cuando nuestros hijos están enfadados debemos estar calmados y acompañarlos emocionalmente bajándonos a su altura, mirándoles a los ojos, entendiéndoles, escuchándoles, dejándoles expresarse sin reprimir, sin coartar, sin calificar, ni hacer juicio adulto sobre lo que está pasando, manteniendo el contacto físico», recomienda Tania García.

Acompañar las emociones de nuestros hijos 

Por eso insiste, en que lo que debemos de hacer con las emociones de nuestros hijos es acompañarlas. «En la situación de enfado, sobre todo, no debes centrarte tan solo en ti, sino que debes procurar centrarte en sus emociones, en saber estar, en permanecer calmado porque de esta forma también proyectas calma. Debemos de permanecer tranquilos, comprensivos, cariñosos, amables y en una escucha continua», añade.

El contacto físico, además, lo ve esencial para el desarrollo de los niños, por lo que sugiere que podemos intentar abrazarles o, si no quieren, acariciarles el pelo o la espalda puede ser otra opción. «Pero sobre todo, debemos tener claro cuál es el objetivo de esto, que es la necesidad que tienen los niños de tenernos a su lado cuando están sintiendo, por lo que no debemos de distraerles con otras cosas para así no desconectarlos de su enfado y de la expresión que debe hacer del mismo», insiste la experta.

¿Qué no debemos hacer?

Sobre lo que no debemos hacer cuando un niño se enfada es enfadarnos: «Los niños se enfadan y nosotros nos enfadamos más, cuando esto realmente no tiene sentido. Si nuestros hijos se enfadan, lo van a hacer por unos intereses muy diferentes a los nuestros, porque están en una etapa vital muy distinta, además de en un momento de desarrollo de sus vidas donde solo cabe en su cerebro la emoción. Esto tenemos que entenderlo y trabajarlo».

Por ello, insiste en que, ante estos episodios, los padres debemos estar tranquilos, calmados, amorosos, intentar comprender sus necesidades, su situación y sus motivos aunque no los compartamos. «Y centrarnos en respetar sus necesidades cerebrales que son precisamente lo contrario a lo que solemos hacer: acabar enfadándonos con ellos», concluye Tania García.