El ser humano sigue siendo un misterio indescifrable. Basta observar la catadura, el perfil, la pluralidad de la sección de sucesos de los telediarios del mediodía. Las televisiones a la hora de comer nos dan el almuerzo. Y nunca mejor dicho. La práctica totalidad de las noticias parecen entresacadas del género fílmico de terror. La realidad, por supuesto, supera cualquier imaginaria ficción.

Y la supera porque andamos inmersos en una espiral de violencia que por días crece. Y no sólo a lo ancho de la piel del toro de nuestro suelo español sino a nivel internacional, mundial. Hay catástrofes que no pueden evitarse aunque la mayor parte de los contenidos de la sección periodística de sucesos partan precisamente de la acción humana…

De la acción, que es delirio, que es ira, que es trastorno psicológico o que simplemente es resultado de una maldad congénita. De un cainismo llevado al extremo. De una brutalidad imparable o de un salvajismo que no conoce parangón. ¿Qué está sucediendo en esta sociedad que se presupone civilizada para que lo asesinatos crezcan por fechas y las muertes entre iguales sea ya una habitualidad?

Ahora nos remitimos a una tragedia con una sola culpable. Con una sola culpable por ser la mano que mece la cuna y por ser asimismo la mano ejecutora. Hablamos de una mujer joven, de una mujer de 31 años, que ha matado a sus tres hijas de 9 y 3 años y una bebé de 8 meses.

Una absoluta barbaridad. Después de asesinar a las tres niñas, la autora de los hechos ha intentado suicidarse. Todo comenzó a oler a chamusquina este pasado sábado día 17. Las señales de alarma sonaron sobre las 5.20 horas. Una madre joven había llamado a la policía. Lo hizo motu proprio. A voluntad. Sin que nadie la obligara.

Dijo a la policía cuanto había hecho: matar, sí, a hijas de 9 y 3 años y una bebé de 8 meses. Acto seguido afirmó que se iba a suicidar en ese preciso momento. La tensión explotó entonces como un volcán de incertidumbre. La cosa pintaba muy fea. La tragedia era ya una realidad.

Esta desgracia sucedió en Viena. De inmediato los agentes se personaron en un apartamento del barrio de Donaustadt de la capital austríaca. Los policías se encontraron en efecto con una mujer que se había autolesionado. Lo había hecho con violencia.

Y, junto a ella, como un cuadro dramático de colores grises, los cuerpos sin vida de una niña de 3 años y un bebé de ocho meses. Tres cuerpos inocentes que yacían horizontales sobre el lecho del más dramático final. Sobre el lecho de lo irrevocable. Sobre el lecho de lo insalvable.

Faltaba una de las niñas. Finalmente la encontraron. También se encontraba allí. También estaba la mayor de las hijas, de nueve años de edad. Gravemente herida. Pero no muerta, por lo que fue urgentemente trasladada al hospital, donde por todos los medios procuraron reanimarla. Lo intentaron en balde. Fue inútil. Moriría poco después de ingresar.