Hay historias que conmueven el alma hasta desgarros de pura impotencia. Y es el caso de la historia de Wyatt Tofte. Ante situaciones trágicas de un determinado perfil a menudo se nos queda el cuerpo hecho trizas. Tan sólo de imaginar lo sucedido. Tan sólo de recrear cuanto, en su fatalidad, ha tenido un desenlace negro, tan negro como las cenizas que quedan en el suelo de cualquier incendio.

Hay noticias que queman como el fuego abrasador de la peor de las suertes. Hay noticias que arden por dentro para derramar, por fuera, las lágrimas de las personas que se hacen eco de su mortal consecuencia. Hay noticias que parecen, en su esencia, tan injustas como el devenir contrapuesto de una muerte contra natura.

Hablamos de Wyatt Tofte, un niño. De un niño noble de corazón. De un niño inocente. Sin maldad. Sino todo lo contrario: con una bondad que le rebasa todas las cimas de su gran corazón. Un niño de 13 años de edad, que ha aparecido calcinado. Un niño que es un héroe sin capa, un salvador de espíritu decidido, un ángel de la guarda que falleció en sus propias limitaciones.

También murió su abuela

Calcinado dentro de un vehículo cuando intentaba salvar a su abuela. Así como se lee. La abuela también murió en el incendio. Wyatt Tofte es un pequeño gran héroe, sí, que ha muerto intentado salvar de las llamas a su abuela, Peggy Mosso. La abuela estaba antes que él. La abuela estaba antes que su propia vida. El niño demostró una generosidad sublime. Digna de una fortísima ovación.

Los trágicos hechos sucedieron el pasado día 8 de septiembre y han trascendido ahora. Ahora es cuando se ha hecho pública la noticia. El suceso. Cabe mencionar que en las últimas semanas incendios devastadores están asolando la costa oeste norteamericana, especialmente los Estados de California y Oregón (Estados Unidos). Una circunstancia desfavorable que ya está preocupando sobremanera. Porque sus efectos son traumáticos. Irreparables.

Es en el condado de Marion, de este segundo Estado, Oregón, donde precisamente tenían su casa Chris y Angie, los padres de Wyatt. El fuego ha devorado su hogar. No ha sido lo único ni lo más importante que les ha robado las llamas. Devorado el hogar por completo. Con una ferocidad imparable.

Mal presagio: se fue la luz

Pongámonos en situación. Con una aproximación a la cronología real de los hechos. Era 8 de septiembre. El fuego acechaba los alrededores de la casa de Chris y Angie. Consecuencia del incendio, se fue la luz. Todo comenzó a cernirse bajo un halo atroz de tragedia. La oscuridad era amenazante. La oscuridad vaticinaba un mal presagio.

Chris salió a por un generador. A toda prisa. Con desasosiego. Como las llamas cada vez estaban más cerca, Angie cogió a su madre, que casualmente desde hacía unas semanas vivía con ellos, y la llevó al interior de sus coches. La dejó ahí y fue a por su hijo y sus mascotas. No lo dudó dos veces. Había que actuar con diligencia.

Cuando regresaron, el fuego rodeaba por completo el coche en el que estaba la abuela. La mala estrella habían hecho acto de presencia. Pese a los gritos de la madre, el niño salió corriendo a salvar a Peggy. Todo eran carreras contra un sino que ya, inevitablemente, estaba escrito. Con letras de sangre. Con letras de desesperación. Con letras de humanidad.

Wyatt Tofte entró en el coche e intentó conducir. El niño alcanzó la carretera, pero el calor era tan intenso que los neumáticos se derritieron. La fortuna se había vuelto del revés. Wyatt, Peggy y el perro se quedaron atrapados. Murieron los tres. El pequeño estaba en el asiento del conductor abrazado a su perro. En un abrazo intenso como el horizonte de la eternidad.