Los que pasamos ya el medio siglo de vida tenemos el curioso privilegio de haber sido testigos directos de los estertores de la dictadura del general Franco; la complicada etapa de la transición, aderezada con los atentados de la banda terrorista ETA con los que con tanta frecuencia nos desayunábamos; los balbuceos y el gateo de la recién nacida España democrática; su mayoría de edad y este actual y difícil periodo de madurez que muy bien podríamos denominar metafóricamente como “crisis de los cuarenta”.

Y así lo veo yo, nuestro sistema democrático se encuentra en una crisis sin precedentes, una crisis de las instituciones que lo representan, con una división de poderes esclerótica y en grave riesgo merced a la ambición de poder y las ensoñaciones de perpetuarse en el mismo por parte de un gobierno socialcomunista para el que el fin justifica siempre los medios. Una situación agravada por una crisis sanitaria y económica sin precedentes que ha provocado una reacción de efecto contrario en el ala derecha, como no podría ser de otra manera, llevando a la sociedad española a la mayor polarización que recuerdo desde la referida etapa del final de la dictadura.

Más peligro que nunca

Las España cainita, aquella que como en el genial cuadro de Goya se mata a garrotazos, aquella que como en el poema de Machado nos helará el corazón, ha vuelto con más fuerza, y más peligro que nunca.

Y es por esto que en semejante escenario enarbolar la bandera de la moderación del diálogo con el adversario, del consenso, de las concesiones, de los acuerdos, de la sensatez, del bien común por encima del interés particular, del centro político, en definitiva, se me antoja como la mayor forma de rebeldía y valentía en estos oscuros momentos, la más difícil, pero la más necesaria.

La preocupación es «hacer lo correcto»

La presidenta de la formación en la que milito, Inés Arrimadas, decía recientemente en una entrevista que no le preocupaba el coste político en forma de encuestas si no que su preocupación era hacer lo correcto para poder mirar a los ojos a su hijo, aún bebé, el día de mañana y decirle que hizo todo lo posible por sacar adelante a este país, por sacar adelante a España.

«es la hora de los rebeldes, la hora de los valientes»

Si han llegado hasta aquí en la lectura de este escrito me atrevo a pedirles que se paren un momento y reflexionen de manera serena, ¿puede este país salir adelante con un enfrentamiento permanente entre dos Españas?, ¿puede media España imponerse a la otra media?, ¿a dónde nos lleva esta situación?. Para mí la respuesta es clara y evidente, el actual estado de cosas es una situación inviable y abundar y ahondar en esta división sólo nos puede llevar al enfrentamiento y a condenar a las generaciones venideras a la incertidumbre y a la desgracia.

Ser de centro nunca ha sido fácil

Ser de centro nunca ha sido fácil en España, un país tan radical, tan extremo, tan visceral en su forma de afrontar los problemas nunca ha entendido esta posición y por eso nunca se ha consolidado, sin embargo fue el centro el principal artífice de la transición, encarnado en la UCD y su capacidad para dialogar y tender puentes en las dos orillas, el que consiguió  a pesar de todas las dificultades (intento de golpe de estado, atentados de ETA) sacar adelante y consolidar un proyecto democrático para España y el injusto pago que obtuvo de los españoles por su servicio fue su práctica desaparición.

Es por ello que quiero insistir en que apostar en estos momentos por la moderación, por el entendimiento, por el diálogo, por el consenso, por el bien común, en definitiva, por el centro político, es la mayor forma de rebeldía que puedo imaginar y la más valiente, asumiendo que no serán mucho los que lo entiendan y que recibiremos incomprensión y ataques de ambos lados, pero desde la convicción personal creo que es lo correcto y lo que procede, cueste lo que cueste. Porque es la hora de los rebeldes, la hora de los valientes.