Uno de los conflictos más antiguos y a la vez de más diverso registro entre personas es el relativo a las tensiones vecinales. Son de distinto origen y de diferente grado en cuanto al alcance de la problemática. A veces la cosa ha ido a mayores, hasta tal punto de desencuentros insalvables donde incluso la violencia ha hecho acto de presencia.

Por lo común los medios suelen ser denominador común en estas grescas que a menudo traspasan las líneas rojas de lo cívico. El respeto a las normas de convivencia debe considerarse una condición sine qua non. Sin una normativa común es difícil alcanzar la paz social que también debe prevalecer entre quienes comparten una misma zona de vida.

Unas obras domésticas a horas intempestivas, por ejemplo, arañan la paciencia de quienes tienen garantizado el derecho del silencio para su propio descanso personal. Es un ejemplo elegido al voleo. Una fiesta familiar o entre amigos a altas horas de la noche -de la noche de cualquier jornada laborable- asimismo suele alterar a vecinos que no logran conciliar el sueño por culpa de la jarana.

Tipos de ruidos hay cientos. Así como índices de paciencia de quienes habitan pared con pared. A algunos molestosos les basta con una llamada de atención con los nudillos en la pared aledaña. Otros hacen caso omiso y continúan con el runrún poniéndose el mundo por montera.

Entre todos los ruidos hay uno que quizá sea el menos pretendido o el más incontrolable: el del sexo. Es un ruido que da pudor contrarrestar con la protesta pero a veces la verbalización del disfrute se proyecta como gritos ajenos que se cuelan dentro del propio hogar.

Es cuanto ha sucedido en una comunidad de vecinos. No han dudado en colgar un cartel en la zona comunitaria. En el mismo alertan de “los ruidos que una pareja gay del edificio hacen de madrugada”. El cartel es explícito: la pareja estaba “gozando como perros” a las cuatro y media de la madrugada. El cartel, que parecía predecible, se ha hecho viral.

“Hay gente que madrugamos y trabajamos”, aseguran los vecinos. Quienes, al mismo tiempo, enojados, también recuerdan que en verano «dormimos con las ventanas abiertas». «En el silencio de la noche se escucha todo: hasta las palmaditas en el culo».

«La proxima vez cerrar la ventana campeones o gritar algo menos», utilizan a los vecinos anónimos para terminar su mensaje. Sabían que estas letras les iba a llegar a los protagonistas fogosos de las madrugadas del bloque. Un pregón placentero que contrasta con la mudez general de la noche.

La comunicación no existe si la respuesta brilla por su ausencia. Y por esta razón, después del mensaje, los dos vecinos que fueron oídos teniendo sexo de madrugada ni cortos ni perezosos han contestado con un mensaje también en el mismo lugar. De manera frontal: «Lo sentimos, procuraremos contenernos. Firmado: Sergio y Edu».

Parece que el entendimiento ha sido pronto. Que ambas partes han captado la necesidad de una cierta precaución en la expresión del gozo. Y la cosa ha quedado reducida a una anécdota más o menos amable. No ha llegado, ni mucho menos, la sangre al río. Además el efecto ha sido inmediato, porque parece que la contención se ha conseguido. Al menos en cuanto a ruidos se refiere.

La fotografía del mensaje se ha hecho viral en un tuit que ya lleva más de 1.500 likes y 500 retuits. La noticia no deja de tener su simpatía. Al fin y al cabo no provoca sino sonrisa. En una cotidianeidad tan hinchada de noticias desesperanzadoras y a menudo trágicas, hechos como éste no deben ser silenciados. Periodísticamente hablando.