Las agresiones machistas es un suma y sigue que parece no tener término. Sino muy al contrario: se extiende como la peor gota de aceite sobre el papel de lo delictivo. La violencia de género constituye una de las lacras del país: una mancha permanente que por el momento no conoce el borrón y cuenta nueva de su término.

Cada dos por tres conocemos algún caso extremo. Donde la rabia y la impotencia se dan la mano en medio de la situación más injusta. La violencia doméstica, tanto en un sentido como en otro, es execrable y vomitiva. Además de enteramente cobarde. Son ya demasiados los casos que suceden además con un final trágico.

Ahora ha acontecido en Valencia. Otra agresión machista con la fuerza física como ley aborrecible. Como don de mando que produce asco. Un hombre de 52 años ha sido detenido presuntamente por amenazar y agredir brutalmente, repetidamente, a su pareja. Se ensañó con ella. Contra ella. Con la ira encendida y con la razón encegada.

No paró de propinar golpes y patadas contra la mujer. Hasta tal punto que llegó a sacarle medio cuerpo por la ventana. Le decía que la iba a matar. Fuera de sí, con los ojos desorbitados. Con el raciocinio perdido, con la sensatez inexistente.

Pronto la Policía Local se personó en su casa. Lo hizo de inmediato. La escandalera era mayor. El agresor abrió la puerta de los agentes, muy nervioso, con una actitud frontalmente desafiante, y gritó: «a las mujeres hay que enseñarles a respetar». Y se quedó tan pancho. Como si estuviera defendiendo un código de obligado cumplimiento. Los agentes enseguida captaron la catadura de quien estaba agrediendo con vehemencia.

Una patrulla de la Policía Local se personó en el sitio. Para encontrar a la víctima con los nervios a flor de piel, desencajada, atolondrada, junto a unas vecinas. Ella comenzó a relatar la crónica de los hechos. Articulando palabras como mejor podía. Enhebrando frases de manera entrecortada. Porque aún estaba en estado de shock. No dando crédito a cuanto estaba sucediendo.

Una fuerte discusión tras llegar borracho a casa

Su marido había llegado borracho a casa. Esto provocó una fortísima discusión. El agresor por veces se violentaba más. Nervioso, violento, malencarado. Le quitó el móvil a su mujer, de un tirón, cuando ésta se disponía a llamar a la policía. Llamar a la policía era la única solución, el único salvavidas, la única fórmula para para frenar locura desatada. Todo tenía tintes, además, de acabar del peor modo. La situación era extrema.

No contento con tirar el móvil al vacío, el agresor igualmente arrojó un equipo de música. Y, desquiciado ya, rompió el espejo de un mueble. La espiral de violencia ya era un punto y seguido. Se mascaba la tragedia. Todo olía a lamento irreparable. Faltaba el oxígeno.

El agresor arrastró a su pareja hasta la ventana y la sacó hasta la mitad, a la vez que le decía que la iba a matar, que la iba a matar ya sin remedio, sin parar de darle golpes y patadas. Una tortura que ya asfixiada a la mujer (envuelta en una psicosis tan próxima a la muerte, tan cercana a cuanto parecía que iba a ser el final de sus días).

Pero el agresor seguía maldiciendo. Y no paraba de amenazarla jurando que iría a por su madre y la mataría cuando «acabara» con ella. Agarró a la víctima del cuello con las dos manos. En pleno forcejeo, la mujer, sacando fuerzas de flaqueza, logró zafarse y salir de la vivienda corriendo. Él la perseguía diciendo que la iba a matar con un cuchillo.

Una escena dantesca, muy lamentable. Tras la llamada a la policía, el sospechoso no dudó en abrir a los agentes. No le quedaba otra. No tenía otra alternativa. Pero lo hizo desafiante. Portaba además un punzón metálico casero con mango de papel y punta cortante. Fue arrestado, una vez identificado, como presunto autor de un delito de violencia machista.