Ya no pasa las noches en vela contando ovejitas porque el orden numérico hace años se difuminó de sus propias entendederas. No calza babuchas de paño en los platós televisivos porque su telegenia desapareció en un santiamén, como así se esfuman de la noche a la mañana las miradas furtivas de dos enamorados. A Carmen Sevilla tampoco la escuchamos hablar de su Vicente, tan embelesada de amor rendido, de amor incondicional, cuando también los ojos hacen chiribitas como el entrecruce de un platonismo adolescente. Hoy, 16 de octubre, cumple 90 años.

No la descubrimos a medianoche, cuando la canícula aprieta, por las terrazas de Marbella no tomando un copazo de vaso largo, sino disfrutando en amistad de ensaladilla de pulpo a la gallega, brochetas de solomillo, tinto con blanca y una generosidad propia de conversaciones en risas que regalan confidencia y anecdotario.

Ya no avanza, a paso quedo, por ningún pasillo hacia el pilotito rojo ni por ningún set de cámaras que proyectan el rostro a miles, millones de españoles. Ya no ondea y ondula su cabello de mujer más bella de España: que lo fue a ojos vistas, urbi et orbe, y Carmen Sevilla lo sigue siendo en la soledad sonora de canciones de un retiro con sones poéticos de remembranza.

Carmen Sevilla pasó de ser la dicharachera folklórica de mirada viva y despierta que enamoraba a los hombres  las primeras de cambio. No era necesario el intervencionismo de la seducción porque ella era honrada en su ademán picaresco, juguetona en su carpe diem de sonrisilla niña, la guapura también instalada -agavillada- en el carácter, como una ninfa de españolidad, que no deserta de la fascinación de lo cañí.

Rechazó una carrera en Hollywood

Es actriz y es cantante y hoy lo sigue siendo, aunque bajo la cláusula de la clausura, como una broma pesada que deforma cada día el espejo del callejón de otras Luces de Bohemia, de otros esperpentos: los que impone el paso y el peso del tiempo, como un vidrio tétrico capaz de deformar las hechuras de la alegría.

Era tan de aquí -cuando entonces- que Carmen Sevilla rechazó la carrera artística que repetidas veces le brindó Hollywood. Y hasta se las maravilló para dar plantón al mismísimo Ben-Hur y a la Voz con mayúsculas, léanse -respectivamente-, Charlton Heston y Sinatra.

Todos la pretendían, así que se optó por una solución tan genérica como salomónica: denominarse la “novia de España” y, de este chisposo modo, contentar a todos, a propios y extraños, a sirios y troyanos, a rubios y morenos…

El clamor que ya no llega a sus oídos

Este viernes 16 de octubre, sí, la guapa entre las guapas, Carmen Sevilla, cumple 90 años.  Lo hace en loor de admiraciones por control remoto. Porque son homenajes personales –la reivindicación y el clamor de la calle– que ya no llega a sus oídos. Como tampoco le llega las aguas fluviales de la memoria. O el violín que musicaliza los recuerdos.

El alzheimer quiso entrometerse como un cuchillo de niebla entre la salud y la recordación. La enfermedad intrusa que todo lo devasta en la mirada retrospectiva de la propia biografía. Andaluza por los cuatro costados de una canela en rama que la llevó a protagonizar unas setenta películas. Y compaginando los escenarios del cante sin ninguna traba de cansancio.

Trabajadora elevada a la enésima potencia. Primero la encerró un marido celoso y, posteriormente, una enfermedad indeseable. Y es que el sueño de Andalucía, sí, se llama Carmen Sevilla. Se casó dos veces: la primera con Augusto Algueró y la segunda con Vicente Patuel. Cuando la española Carmen se enamora, es que se enamora de verdad.

Después de su segundo matrimonio, los pliegos de su tótem televisivo se denominaría Telecupón. Hay quien ha dado a Carmen Sevilla por muerta: craso error: ahora sopla las 90 velas, 90 años que es la luz cierta de una vida ya anticipadamente inmortal.