La prensa española en 1898: del orgullo a pedir perdón

El cuarto poder, en aras de una falsa estabilidad para la población española y su ensalzamiento nacionalista, se convirtió en un arma de doble filo

A pesar de conocer y de no poder negar que el papel de la prensa estadounidense durante el conflicto de 1898 fue absolutamente significativo, parece necesario ahondar en la también relevante representación de nuestro país. En primer lugar y, para entender la plenitud de esta labor, situaremos el contexto histórico, político-económico y social por el cual atravesaba España.

Desde principios de 1898, la prensa española venía denunciando la corrupción a la que había llegado la Restauración. Las críticas recaían, sobre todo, sobre el caciquismo y el sistema de reclutamiento. Incluso se había creado una revista llamada El Diablo Verde, con el principal objetivo de ironizar la situación política y de hacer sátira de los partidos.

En uno de sus números, reflejaba el malestar de unas pobres gentes, incapaces de soportar impuestos que no podían pagar porque apenas tenían para vivir, mientras los políticos celebraban el Carnaval sin pararse a pensar en soluciones ante un orden de cosas insostenible.

Pero en la noche del 15 de febrero, el hundimiento del Maine en la bahía de La Habana iba a producir un giro en la prensa en relación con el Gobierno.

A partir de este incidente y, a causa de la campaña acusatoria de la prensa amarilla, los periódicos olvidan por un momento las criticas al régimen de la Restauración y emprenden una campaña patriótica en clara respuesta a los engaños norteamericanos.

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«¡Viva España!», «¡Patria!», «¡A los yankees!», «¡Guerra!», «¡Patriotismo!» son algunos de los titulares de la prensa de la época.

En el caso de Murcia, entre otros lugares de España que mostraron su afectación, destaca la pregunta de Luis Peñafiel en El Diario de Murcia «¿Para cuándo guardar el patriotismo?»

Las mentiras del Journal resaltaban el odio a los yankis y despertaban el sentimiento patriótico entre la población.

De hecho, comenzaron a tener lugar varias manifestaciones en las calles, y los periódicos iniciaron una campaña triunfalista basada en el pasado glorioso de España.

La prensa, haciendo gala de absoluta ignorancia de la superioridad del enemigo, incitaba a la lucha sin prensar en las posibles consecuencias.

Esta es una de las características que, sin duda, estuvo presente desde el comienzo. Dado por supuesto que los derechos de España sobre Cuba eran incuestionables, la prensa española no se molestaba en indagar sobre la situación en la isla, sino que se dedicó a tratar de infravalorar el poder militar norteamericano.

Principalmente, tras el hundimiento del Maine, los periódicos impulsaron a la opinión pública española a clamar por la guerra.

Un caso significativo de este intento por suscitar a los españoles es la revista La Ilustración Española y Americana, de carácter burgués, y en la cual su director, Abelardo de Carlos, ponía en marcha su particular estrategia:

“Felizmente para nosotros, las grandes chimeneas y los grandes humos de los yankis no deben amedrentrarnos, y más cuando por ellos mismos sabemos que los jefes y oficiales de su Armada son viejos y tienen que habérselas con gentes asalariadas que se baten por dinero. La flota parece buena y poderosa, aparentemente nada más. Los barcos son malos, y los acorazados con las carboneras llenas, sólo en tiempo de paz pueden cargar cuatrocientas toneladas de carbón para recorrer su radio de acción…”

Aún sorprende cómo la prensa de casi todas las tendencias políticas apoyaban una guerra. Sin embargo, visto desde una perspectiva absolutamente patriota, para los españoles del 98, Cuba era parte integrante del territorio nacional, al igual que las Canarias o las Baleares.

Es por ello que, en la Península, todas las fuerzas vivas se unieron en torno a una cuestión que afectaba a la unidad de la Patria. Esta situación guarda cierta relación —lógicamente, salvando las distancias— con el panorama hispano-catalán.

Cuando la sección nacionalista se ve amenazada, la prensa, aunque tratando de respetar ciertos códigos morales, se posiciona indudablemente.

Pero, ¿apoyaron todos los medios del 98 el conflicto? Como en cualquier época, siempre hay disidentes. Los federales de Francisco Pi y Margall, acompañados de socialistas y anarquistas, se mostraron contrarios a la guerra.

Más adelante y, ante la derrota de la Escuadra española en Cavite, los periódicos pasaron a ser más conscientes de la cantidad de vidas españolas perdidas.

Por ejemplo, Las Provincias publicaba el 2 de mayo una monumental esquela a primera plana. A mediados de ese mismo mes, la sensación de estar al frente de una guerra inútil se hacía cada vez más palpable.

El 13 de mayo, el mismo diario reconoce que la política española necesita una profunda transformación, consistente en realizar una política nacional, y no de partidos como hasta ahora.

Finalmente, el 3 de julio, la Escuadra española es derrotada en Santiago de Cuba. El fatal resultado, que ya se preveía desde las autoridades y no desde la prensa, marcó un antes y un después.

Poco a poco y, una vez asimilada la verdad sobre dicha catástrofe, la prensa asumiría su parte de culpa en la deformación de la opinión pública, creando y fomentando ilusiones falsas a las que luego acompañaría un doloroso despertar de la conciencia nacional.

Eso sí: no podemos pasar por alto la incompetencia del Gobierno, una crítica que nunca se separaría de la agenda temática de los medios —cuando la censura no lo impedía—.

Desde el principio, en vez de ilustrar a los españoles sobre la difícil situación cubana, el poder optó por el silencio.

Y esta decisión acabaría dando el resultado contrario al esperado de quien quiere mantenerse en su trono: despertar a la sociedad del letargo e impulsarles a tener un motivo por el que luchar.

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