‘Rebeca’, obra maestra del cine, cumple 80 años

Hitchcock y el siniestro caserón Manderley propiciaron un Óscar

Hay una frase en apariencia intrascendente al inicio de la película. Como así también en el comienzo del libro que firma Daphne du Maurier. La frase dice literalmente así: “Anoche soñé que volvía a Manderley”. Cuando fue escrita jamás se pensaría que, andando los años, pasaría a convertirse en una de las frases más célebres e inmortales de la Historia del Cine.

Y lo es gracias a la adaptación dirigida por Hitchcock y estrenada hace 80 años, el 12 de abril de 1940, en Estados Unidos. La película mítica ‘Rebeca’. Hablamos del género melodramático en su máxima expresividad. Un argumento arrebatador. Con la intriga tallando cada minuto del metraje. Una intriga no descolorida, sino acentuada en blanco y negro.

Una ambientación de bruma gótica. El espectador quedará atrapado al desconcierto. Desde el primer fotograma. Todo adquiere la dimensión que multiplica el propio misterio implícito. Un camino sombrío que zigzaguea. Árboles y más árboles. Penumbra que amenaza, sombras que provocan. La luna en la cima. Una verja oxidada que es pórtico a la incertidumbre.

Y… la mansión. Tiempos esplendorosos que se adivinan. Ruinas ahora de un presente desvencijado por la desmemoria. Una voz que silva en off. Una presencia cuasi fantasmal. ¿Alguien que ha muerto? El libro de du Maurier era un enganche -una tentación- para lectores del género. También para un director como Hitchcock. El cineasta jamás dudó un segundo en rodar aquella memorable película.

La sinopsis nos adelanta todos los ingredientes de un largometraje proyectado para el éxito de taquilla. Obsesiones escondidas, amenazas no desveladas. El caserón Manderley como otro protagonista más de la trama. Tres mujeres, tres. Tres mujeres bastan para replegar toda una interpretación digna de los mejores premios cinematográficos.

Tres mujeres: Rebeca, que corresponde al de una fallecida, a la primera esposa de Max de Winter, el señor del sitio. Nunca se verá en pantalla (aunque sí en un cuadro). Mas su presencia pronto es omnipresencia. Porque además influirá en el resto de personajes y naturalmente en el espectador. ¿Aparecerá por alguna de las habitaciones del caserón en algún momento?

Dos mujeres más. La dama de compañía que se enamorará del viudo de Winter. Y se convertirá en su señora. Cuando paradójicamente esta joven es todo lo contrario de Rebeca. La joven es sumisa, modesta y hasta destila un permanente halo de inseguridad. Logrará convertirse en la protagonista por excelencia de la película.

La tercera mujer es la más siniestra, la más terrorífica, la más enigmática. La ama de llaves. La señora Danvers. La que aparece y reaparece embutida en su verticalidad de ropajes negros. Como un luto que reta, como un obituario que persigue. Sin duda es la que mayor obsesión evidencia por los recuerdos de Rebeca. Por la señora Rebeca. No sólo la adoraba sino que incluso hasta se deja entrever que la deseaba. Puro Hitchcock.

La interpretó Judith Anderson y esa ama de llaves –tan amenazante- la encasillaría de por vida en su posterior carrera cinematográfica. Maxim de Winter fue interpretado por Laurence Olivier. Y la segunda señora, sin nombre, por Joan Fontaine. Producida por el todopoderoso David O’Selznick, fue la película norteamericana de Hitchcock y la única de sus obras que ganaría el Óscar a la mejor película. Ahora ‘Rebeca’ cumple 80 años. Colgada aún en el misterio de un cuadro sordo y frontal, como la mirada perdida de un embrujo.