Del todo deplorable. Denunciable. Para despertar la ira de todos cuantos han conocido -van conociendo- la noticia. Hechos que no deben pasar. Sucesos propios de incívicos. De irracionales. De personas incívicas, brutas de toda brutalidad. Nos remitimos a los hechos propiamente dichos. Un chiquillo, un niño de tan sólo 12 años de edad, con autismo, ha sufrido un grave percance. Un percance para no contarlo si  llega a truncarse un poco más la cosa.

¿Vive de milagro? Podemos decir que sí. Ha estado al borde mismo de la muerte. ¿Por qué? Porque ha ingerido, sin saberlo, ginebra con lejía. Es decir: una combinación explosiva. Una combinación peligrosísima. Una combinación perjudicial. Una combinación casi mortal.

Sus familiares afirman que el combinado le fue entregado por unos amigos mayores que él. Tan pronto el niño se desplomó en el suelo, sus amigos, sus supuestos amigos -¿amigos ciertos?- optaron por huir, lo cual podría suponer un delito gravísimo. No una chiquillada, no una gamberrada, sino un delito grave. Muy grave.

Ahora los investigadores siguen intentando esclarecer los hechos. La cosa comenzó cuando Ronnie Phillips, de 12 años, y su hermano Jimmy, de 11, aprovecharon que su madre que había quedado dormida, profundamente dormida, para acudir a una quedada con unos amigos, que estaban bebiendo alcohol en la calle.

El asunto comenzaba mal. Una escapada en toda regla para un propósito no autorizado por los padres. Fue en ese momento cuando le ofrecieron a Ronnie una lata aparentemente de ginebra. Aparentemente. Nada ni nadie hacía prever lo contrario. Una lata de bebida. Una lata de ginebra. ¿De ginebra? El niño bebió y, acto seguido, cayó derrumbado al suelo.

Corriendo como poseídos dejando al niño tirado en el suelo

Los jóvenes presentes, atónitos, sorprendidos, al ver el suceso, al comprobar lo que había sucedido, optaron por huir a toda prisa del lugar de los hechos. Corrían como poseídos. Como si en la velocidad le fueran la vida. Como si estuvieran perseguidos por el diablo. Por un diablo del que no podrían nunca escapar. Sabían a la perfección qué habían hecho. No calculando, eso sí, el alcance de las consecuencias.

Fue poco después cuando una mujer encontró a los dos niños y llamó a los servicios de emergencia. Jimmy, traumatizado por el incidente, se quedó al lado de su hermano pensando que había muerto. La situación era extrema. De una congoja y una desesperación que abruman. Todo exhalaba dolor. Tragedia. Fatalidad.

Con una velocidad de relámpago el pequeño Ronnie fue trasladado al Hospital St. George, al sur de Londres (Inglaterra), donde lo indujeron al coma en la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos.

Por suerte, por una suerte casi milagrosa, ahora ya se encuentra estable y se espera que en unos días pueda volver a casa. «Solo quiero que la gente se de cuenta de los peligros de la bebida, las drogas, los juegos estúpidos y la huida dejando a un niño morir«, ha denunciado su madre, Danielle Potter, en Facebook.

No le falta un ápice de razón a esta buena señora. Pese a que los investigadores siguen intentando esclarecer los hechos, parece claro que los jóvenes metieron algo en la lata de ginebra, una bebida extra que según la familia fue lejía. Podía no haberlo contado. La vida y la muerte pendieron de un hilo. Finalmente venció la vida.