“Me escapé de casa a los doce años y ya no volví más”

Bigote Arrocet, entre la risa y el llanto en el programa de Bertín Osborne

Es cierto que Bigote Arrocet arropaba su buena dosis de fama en España a finales de los setenta y primeros ochenta. Estaba de moda. Hasta aparecía en los cromos de los pastelitos más solicitados del momento. Gastaba guisa de mexicano. Y parecía hijo de rancheras y de enchiladas. Muchos españolitos así lo creyeron a pies juntillas. Tuvo su momento -sus años dorados-. Gustaba a muchos espectadores y a otros no tanto. En cualquier caso contó con su época. Coincidente con programas de relumbrón como el ya mítico ‘Un, dos, tres… responda otra vez’.

Además Bigote procuró hacer del humor su bandera y de la espontaneidad su recurso más eficaz. Bien le venía porque era nefasto para aprenderse los libretos. Este pasado viernes 14 Bertín Osborne ha dedicado su programa televisivo a Edmundo Arrocet. La comida la prepara Javier Castillo ‘Poty’ y la cantante Rosa -ex triunfita-. Rosa parece metida con calzador en la escaleta del programa. Habla poco y apenas aporta ninguna experiencia al desarrollo de la emisión.

La casa escenario es el palacete sobrecargado de María Teresa Campos. Una casa sin calor hogareño. Rezuma frialdad. Con algún detallismo hortera. “Ya van a hacer para cinco años los que vivo en esta casa», matiza Edmundo. Por cierto: María Teresa se está ganando por méritos propios su por cierto mal digerido afán protagónico el remedo de la película ‘El crepúsculo de los dioses’. A su oportunista y desafortunada intervención a las puertas del tanatorio -muerte de Chicho Ibáñez Serrador- también nos reemitimos.

Bigote comienza su serial de confesiones frente a Bertín: “Mis recuerdos de Buenos Aires son de felicidad. Con mis hermanos todos juntos hasta que nos fuimos a Chile. Yo era el único argentino en un internado de chilenos. Al separarse mis padres yo me piré de la casa, con doce y pico de años. Me escapé de casa. Fueron a dar el parte a la policía. No me encontraron. No volví a casa nunca más. Con trece años trabajaba en una mina. Trabajé en una panadería. Y de acomodador de cine. Ya no volví a estar bien con mi padre. En la tumba le di las gracias. Porque si no llega a pasar todo esto, nada hubiera sido como de hecho fue y es en mi vida”.

Al final del programa se reúnen en torno a la mesa Mayra Gómez Kemp, Arévalo y Fedra Lorente. Todos hablan y se emocionan -incluso derramando lágrimas de remembranzas familiares (Bertín el primero al recordar las veladas de su madre frente al televisor)- desglosando qué supuso para cada cual y para toda España el programa ‘Un, dos tres’. Bertín pregunta si a día de hoy este mítico programa tendría éxito en la España actual. La respuesta de Mayra es inmediata: “El gran ‘Un, dos, tres’ está muy bien donde está: en el feliz recuerdo de todos”.