El perro es el mejor amigo de hombre. No traiciona. Es incapaz de guardar rencor. Está predestinado para la lealtad. Para la lealtad sin condicionantes. Para la lealtad sin tiempos ni horarios. A prueba de bombas. Contra viento y marea. El perro es así: incombustible a la compañía de sus dueños, de sus amos, de sus queridos protectores, hasta que la muerte los separe e incluso más allá.

Hasta dónde pueden llegar los perros en cuestión de amor es indefinible. Es inalcanzable. Es punto y aparte precisamente por ser punto y seguido en una fidelidad que no conoce términos. Que no conoce cotos. Que no conoce medias tintas. El perro es sinceridad y es afecto transparente.

Aterricemos en una historia real que pone los vellos de punta. Que hiela la piel. Que la eriza como un revoltijo de emociones. Una historia que marca un antes y un después. Excepcional en su singularidad. Silente en su ejemplaridad. Y es que un perro ha conseguido sobrevivir. Contra todo pronóstico…

Veamos: un perro ha conseguido sobrevivir tras ser enterrado vivo por sus propios dueños en Ukhta, Rusia. Kiryusha, un pastor alemán, consiguió excavar hasta salir de la tumba en la que le habían enterrado. Lo logró hasta dejarse el aliento en lo más adentro. En un vivencia feroz que bien podría definirse como infernal.

¿Se podría catalogar como un milagro? ¿De dónde sacó fuerzas de flaqueza el animal? ¿Es un hecho contra natura este entierro tan abyecto y tan denunciable a la misma vez? ¿Se puede hacer esto con un animal? ¿Entra en cabeza humana? ¿Enterrar vivo a un animal? ¿Qué se pasa por la cabecita maligna de quien invoca estos hechos tan bestiales?

Atención al peor de los datos: previamente, le habían inoculado una inyección con veneno para matarle, pero ninguno de sus intentos acabó con la vida del animal. Lo hicieron con alevosía, con la peor de las intenciones, con la más cruel de las perspectivas, pero sin éxito finalmente. Sin ninguna clase de suerte. Sin lograr el macabro objetivo.

Un pecado imperdonable

Matar a un perro fiel es un pecado imperdonable. Matar un perro a secas merece el aquelarre personal del peor de los castigos. ¿Ojo por ojo y diente por diente? Nunca. Eso jamás. Pero que no quede indemne, libre de cargas, que no salga de rositas, quienes pretenden matar a un animal indefenso. De rositas, no. Nunca.

El can consiguió salir del hoyo en el que le habían introducido. Lo que sufriría el animal en esta acción nadie podrá saberlo. En una desesperación ciertamente asfixiante. En una búsqueda de la luz que, en realidad, era una vuelta a la vida. Un renacimiento. Un perro muerto en vida, vivo enterrado, que pretende regresar al latido.

La suerte -¿los animales también tienen ángeles de la guarda?- se posicionó de su parte. Y logró lo impensable. Lo imposible. Regresar a la vida. A ras de tierra. Como un nacimiento bis. Y llegó hasta la carretera. Sol y gracia del momento. Allí fue encontrado por una mujer, Olga Lystseva, que le llevó hasta un refugio de animales al norte de Rusia.

¿Qué pasó después? Más tarde consiguieron contactar con los dueños, que se justificaron alegando que el animal estaba enfermo y que por eso le inyectaron una droga con la intención de matarlo. ¿Pretexto? ¿Excusa barata?

Sin embargo, las pruebas veterinarias han demostrado que Kiryusha no tenía ningún problema de salud grave, sino todo lo contrario: que padecía las consecuencias del maltrato recibido por parte de sus dueños. Blanco y en botella. ¡Para llorar! ¡Para llorar todos juntos!