¿Guía turístico?

Según diferentes publicaciones leídas en diversos medios de comunicación, el pasado puente de la Inmaculada para unos, o de la Constitución para otros, el turismo ha desbordado nuestra ciudad.

Ha inundado esta ciudad carente de una industria que la ayude a subsistir, esta ciudad que  vive casi en exclusiva de los centros comerciales; algo, no como debiera, de las bodegas, de la hostelería, fundamentalmente de los bares y en contadas ocasiones del año de las visitas de foráneos ávidos de darse de frente con el encanto de este Jerez, al que muchas veces los propios jerezanos nos empeñamos en ocultar y en no compartir con el resto de la humanidad.

Se daban todos los ingredientes para un puente extraordinario, casi era un acueducto de cinco días en el que el visitante se sumergiría en la grandeza de nuestros rincones y en la idiosincrasia propia y única de nuestras zambombas, sintiéndose en sus adentros el mismísimo marinerito Ramiré. Tendría ocasión de probar las ricas viandas de nuestra tierra, esas comidas como el ajo caliente o la sopa de tomate, dignas de cualquier universo de estrellas Michelín, nacidas de la humildad y pobreza de las cocinas de madres ancestrales e imaginativas a la hora de alimentar a los suyos. Cataría los caldos únicos e inigualables  nacidos de nuestras campiñas haciéndole creer a sus paladares que serían el dios Baco. Pasearían por nuestras calles vivas, animadas y soñadoras de futuros mejores que estos presentes retorcidos. Se convertirían en piedra secular de muros de iglesias que si se hubieran construido en otras poblaciones coparían las páginas de los libros de historia del arte.

Grandes días, en los que, por si fueran pocos los deleites para los sentidos, se darían de bruces hasta con un paso de palio en la calle.

Sí. Sí. Con un paso de palio en pleno mes de diciembre. María Santísima de la Amargura retornaba a su sede canónica tras haber presidido el triduo y el pontifical conmemorativos del IV Centenario del Voto Concepcionista de la ciudad.

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Nuestros visitantes tendrían la ocasión en esos días hasta de agudizar sus sentidos con aromático incienso y fragancia de nardos, con el sonido de una música celestial hecha roce de palio en varal, o de iluminarse con un ascua de luz convertida en ardiente candelería para la Virgen.

Todo perfecto. Todo único. Todo inolvidable.

Pero, ¿sabemos lo que tenemos entre las manos? ¿Somos conscientes que el turismo es un tesoro que repercute en trabajo y en riqueza para un Jerez necesitado?

Debemos cuidarlo y evitar que nuestros visitantes se crucen con guías como con el que me encontré el sábado del puente en San Miguel. Con personas así la imagen que se llevarán los visitantes de la ciudad no será la que los hosteleros, cocineros o camareros se han desvivido en ofrecer. No será la imagen adecuada de la ciudad.

Sitúese delante del templo parroquial de San Miguel.

Soltó en cuestión de minutos soltó por su boca tales barbaridades que me hicieron pensar si eran necesarios los datos que aportaba para que el turista tuviera un mejor conocimiento de la iglesia que recibe el nombre del Arcángel y que bautiza a uno de los barrios más puros y castizos de Jerez y que quizás sin darse cuenta estaban adoctrinando al grupo.

Reconozco que no prestaba especial interés a la situación mientras esperaba junto a un amigo en la puerta de la  casa de hermandad del Santo Crucifijo, pero una frase pronunciada por el cicerone llamó particularmente mi atención. Al instante me convertí en “la vieja del visillo” y ya solo quise cotillear sobre todo lo que decía.

Cito literalmente:” De los tres últimos alcaldes, dos están en la cárcel”.

Si señor. Frase clave para que los oyentes supieran que el templo comenzó a edificarse en el siglo XV.

Continúa la historia. Ante una casa palacio abandonada en la calle san Miguel, dijo, y vuelvo a citar literalmente:” Es que en Jerez los bancos dejan que se caigan los palacios antiguos para quedarse con el terreno y hacer pisos para venderlos luego”

Si señor. Sin ese dato no sabrían que posiblemente la construcción de esta joya arquitectónica se debe a una súplica de la ciudad a los Reyes Católicos.

En las calles de la collación lucían aún el sábado unas colgaduras y reposteros que jalonaron el transitar en la noche anterior del paso de la Amargura, todas ellas con las letanías dedicadas a María Santísima.

Una señora del gripo le preguntó por éstas y ante su última respuesta ya no pude contenerme. Literalmente de nuevo: ”Es que esta zona es de muchas zambombas y las ponen para adornar”.

No hijo, no. Mi amigo saltó como un resorte y le dijo que  no tenía nada que ver, que en la noche anterior pasó por allí una procesión.

Nos miró, volvió la mirada a sus turistas, que como esponjas absorbían todas sus historias y se los llevó hacia la fachada lateral de San Miguel.

Y digo yo, ¿Qué le importa a un señor de Cuenca que dos alcaldes estén en la cárcel? ¿Le interesa a una familia de Logroño que los bancos dejen caer palacios?

Cuanto daños podemos hacer a la imagen de la ciudad, de esta ciudad que malvive sin industrias, si a un grupo de foráneos se les ofrecen datos ajenos a la sublime belleza de este Jerez nuestro que lo único que pretende es sobrevivir buscando un trozo de pan que llevar a la boca aunque sea gracias a los turistas que ocasionalmente nos visitan.

Menos mal que se marchó con su grupo como pajaritos alrededor de la madre, porque no sé cómo habría reaccionado si le hubiera oído decir que iban a ir a una “zambombá”.

Que coraje. Zambomba hombre. Zambomba sin tilde y métase el acento… me callo que le voy a decir una guasa.

José Blas Moreno
José Blas Moreno