Ni bajo techo propio puede permanecerse tranquilo. El peligro no siempre avisa. Por lo común asalta a bocajarro. Sin previo anuncio. Estás libres y, un segundo más tarde, ya atrapado en las fauces de lo peor. A veces nos da la sensación de tener el control sobre nuestra propia seguridad. Siendo impredecible e imprevisible cuanto nos pueda suceder de un momento a otro. Es cuanto ha ocurrido a un profesor brasileño. ¡En su casa! ¡En su propia casa! Y además mientras impartía una clase virtual por la plataforma zoom. Estaba sereno, muy metido en su quehacer. Explicando la asignatura cuando, de pronto, sin comerlo ni beberlo, en un santiamén, fue asaltado por seis atracadores. Lo atacaron por la espalda y redujeron sin el menor esfuerzo. No prestó resistencia.

Eso sí: los asaltantes no se percataron de que el robo estaba siendo retransmitido en vivo y en directo. Con todo lujo de detalles. Con toda precisión auditiva. Con plena identificación de los atracadores. Los alumnos quedaron estupefactos, fríos como un iglú, atónitos, no daban fe a cuanto observaban. No daban crédito. Era como la película de una pesadilla. Todo real: frente por frente.

Los atacantes también secuestraron y amenazaron a la hija embarazada del profesor. El docente universitario Mario Cándido Santos, de 51 años de edad, estaba impartiendo clase de forma virtual, como era su costumbre más reciente, a través de la vía Zoom. Es decir: cuanto ocurrió estuvo ciertamente ampliado de imagen para numerosos testigos directos.

Atacado por la espalda

Los atracadores lo atraparon por la espalda, de sopetón, y lo hicieron callar. Mientras dos de ellos lo inmovilizaban, en actitud siempre amenazante, los otros cuatro buscaban objetos de valor por la habitación, sin ningún tipo de escrúpulos. Se movían a sus anchas. De un lado a otro como Pedro por su casa. Olvidaron el pequeño detalle de la retransmisión en directo por zoom. Allí, delante de una veintena de alumnos, estaba la huella del delito, la prueba de la evidencia, el algodón que no engañaba.

Después de contactar a la fuerza con el profesor, los ladrones no tuvieron mejor idea que tomar como rehén a su hija embarazada de ocho meses. Usaron la extorsión para amenazar con hacer daño a la hija del docente, a la joven en estado de buena esperanza, si no recibían el dinero que buscaban.

Lo querían de inmediato, sin pretextos, sin evasivas. Sin cuentos chinos. El dinero, ya mismo. Acto seguido, agresivamente y sin contemplaciones, ataron a los dos. Y les cubrieron la cabeza con mantas mientras saqueaban todas las habitaciones. Toda la casa de principio a fin. Los alumnos seguían siendo espectadores de un filme de no ficción ante sus propis narices.

La incertidumbre echó raíces en el domicilio

¿Quién ni de lejos iba a pensar que una clase de contabilidad -con matemática exacta- iba a desencadenar en aquel tupido entramado delictivo? ¿La cosa iría a más? ¿Cómo finalizaría este suceso tan brusco y desagradable a la vez? La incertidumbre echó raíces dentro del domicilio. Aquello era un hervidero de delincuencia sin coto.

Los jóvenes alumnos, como no podía ser de otro modo, avisaron rápidamente a la policía, que se desplazó a toda velocidad al domicilio del profesor. Todos los ladrones fueron arrestados. Todos sin excepción ninguna. Todos eran menores de edad. Dos de ellos fueron capturados dentro de la casa y los otros cuatro a las afueras, mientras intentaban escapar.

Gracias a esta eficaz operación el profesor logró recuperar todas y cada una de sus pertenencias, como por ejemplo su reloj, el monedero y algunos electrodomésticos que habían confiscados los delincuentes. No cabe duda que la intervención del alumnado ha sido decisiva. ¿Habrá, por tanto, aprobado general en contabilidad?