La Hucha de mis amores

«El futuro de las pensiones dependerá de una falacia que a poco que nos detengamos un segundo en analizarla se le ve el plumero»

Que levante la mano aquel o aquella que en su vida, sobre todo en el primer tramo de ella, no tuvo o tiene una hucha en forma de cerdito, de elefante o de bote de hoja de lata donde guardar los céntimos repelados en el ámbito más cercano, principalmente en el de padres o abuelos. Pero como la hucha siempre ha sido un gusanillo de la conciencia para ponerte a prueba, hurgándote en el proceder de: lo cojo o no lo cojo, para evitar que en momentos de debilidad o penuria tener el impulso de echar mano de ella y dejarla “tiritando,” el inventor de las huchas las construyó para que, como no fuese rompiéndolas, fuera muy difícil extraer nada de sus tripas.

Sin embargo el ingenio es uno de los instintos primarios que antes se desarrolla en la raza humanas, sobre todo en las de mente afinada y golfa, y con un simple alambre, tipo ganzúa, y la habilidad de un ministro o ministra de hacienda de los que echando mano a mil argucias se quedan hasta con la pelusilla del bolsillo más precarios, te permitía introducir la ganzúa por la estrecha ranura del ahorro, y lo almacenado a lo largo de mucho tiempo y bastante sacrificio, sacarlo en un plisplás sin que se diera cuenta ni el mismo autor de la pillería. Justo es ese el procedimiento que han venido utilizando los responsables de la Hucha de la Seguridad Social española en los últimos tiempos.

Cuando a este o aquel personaje, que por estatus político le tocaba vivir durante una legislatura cierta situación personal:  si era en la oposición, intentando hacer méritos ante los incautos contribuyentes, despotricando sobre el desvalijamiento de la caja de mis amores que estaba llevando a cabo su oponente político. Por contrario, si le tocaba estar al frente del Gobierno Central, cada vez que la necesidad de efectivo acuciaba o acucia sus fallidos planes económicos, para salir del paso, eso sí, siempre echando la culpa a las circunstancias más etéreas: desaceleración económica, agentes externos o directamente al chachachá, todos han terminado por meter las uñas en la llamada hucha de los pensionistas. Genuinamente en Julio o Diciembre, cuando por ley hay paga doble para los pensionistas.

El promotor de la caja de las pensiones fue el ejecutivo de Aznar, y todos tan contentos porque el invento parecía ir a las mil maravillas. Era más, antes de la llegada de la crisis del 2008, con ZP al frente del gobierno, como el dinero parecía un maná que llegaba a espuertas a todos los rincones de España, la hucha de la Seguridad Social se puso pletórica y reluciente, luego, la crisis mencionada se encargaría de clausurar paraísos de ensueño, ya que los materiales con que fueron forjados pusieron a más de uno a los pies de los caballos, y en el caso concreto de las pensiones, para poder hacer frente a las pensiones de los nueve millones y medio con derecho a ello, hubo necesidad de hacer títeres en el alambre flojo.

Mariano Rajoy fue el primero que se cebó con el rinconcito milagroso de la hucha de mis amores para sacar de apuros algunas partidas presupuestarias que poco o nada tenían que ver que las pensiones. Y llego Pedro Sánchez, y en los dos años que lleva al frente del gobierno, casi todo este tiempo haciendo equilibrios en el filamento de la provisionalidad, que es cuando más se precisaría hacer méritos para revertir la situación de inquilino provisional de la Moncloa, a fijo; digo, y si en la oposición el señor Sánchez criticaba con saña el proceder de su antecesor, ahora está haciendo lo mismo, eso sí, ambos, tanto Rajoy como Sánchez, en maravillosa orquestación tratando de cerrar la hipérbole de la fantasía y el error, y hasta si me lo permiten, la cuadratura del engaño, al predicar a los cuatro vientos que la situación de la hucha de las pensiones es pasajera. Es decir, al filo ya del abismo, se niegan a salir del Edén con la argumentación de que la caja de la Seguridad Social volverá a la gloria y esplendor de antaño; antes tiene que conseguirse que en España haya veinte millones de cotizantes a la Seguridad Social.

En realidad lo que vienen a decirnos es que el futuro de las pensiones dependerá de una falacia que a poco que nos detengamos un segundo en analizarla se le ve el plumero, y se le ve el plumero porque sencillamente y llanamente estamos a un paso de ser superados por la llamada inteligencia artificial. Es decir, por las máquinas y la robótica. Y claro, hasta este momento, lo que se dice cotizar a la Seguridad Social, estos aparatejos y el sistema social que los rodea no cotizan ni un euro a la hucha de las pensiones.

 Es innegable que hace tiempo sobrepasamos la epidermis del asunto y ya nos encontramos en al corazón mismo de él; o sea, de la transformación económica generada por un desarrollo tecnológico que ya está ahí, y por ende, como antes se apuntaba, lo tenemos ahí, y con todo lo que de ello pueda desprenderse. Trabajo, cotizaciones, etc.

En 1948, Norbert Wiener, considerado el padre de la cibernética, y por su aventurado análisis sobre el tema, el nuevo Nostrodamus de nuestros tiempos, ya advirtió del conflicto social que llegaría a generarse entre la tecnología y el empleo. Conflicto donde los grandes perdedores, como casi siempre ha venido sucediendo en todos las transformaciones sociales, serían los puestos de trabajo más vulnerables. A saber: las personas con menos cualificación laboral.

Apenas hace cuatro años en el seno de la OCDE se hablaba de la desaparición de un 12% de puestos de trabajo a medio plazo por el efecto directo de la llamada inteligencia artificial. Pues bien, han bastado tan solo tres años para que esa cifra se haya visto superada con creces. Sobre este mismo tema, los pronósticos de grandes economistas y estudiosos de esta realidad, como pudieran ser Gordon Moore o Paul Mason, analista económico y referente de la mejor BBC y luego de Channel 4, son poco halagüeños para el mundo laboral frente al mundo de las tecnologías, y no sólo para el crecimiento, es que ni tan siquiera para el mantenimiento de los niveles actuales de cotización a la Seguridad Social.

Nos cuenta Paul Mason que en apenas treinta años el 50% de los puestos de trabajos actuales serán automatizados y su resultado se verá refrendado en que por cada tres puestos y medio de trabajo que se destruyan sólo se generará uno. Por cierto, puesto de trabajo de altísima cualificación laboral. Por tanto, si hacemos cuentas, aunque sean las de la vieja, veremos que la meta propuesta, o por lo menos la meta predicada por nuestros prebostes políticos, de llegar a los veinte millones de cotizantes a la Seguridad Social como eje principal donde pivotar las cuentas de las pensiones, siendo optimistas, en esos treinta años se irían perdiendo cotizaciones hasta el punto de llegar a ser más el número de pensionistas que de trabajadores cotizantes.

Y el caso es que nadie debería elevar el grito al cielo porque las máquinas trabajen, ya que en este mundo trasversal y de altísima competencia en todos los frentes, está comprobado que las máquinas incide directamente en la calidad del producto, en la eficacia, en la economía y la competitividad. Y ahí en donde no duele, porque pensar que el sostenimiento de las pensiones en el futuro pueda depender exclusivamente de las cotizaciones laborales, es un error de primero de curso.

Entre otras actuaciones gubernamentales, todas ellas pasando por los presupuestos generales del Estado como manto envolvente del problema, con voluntad de futuro y caminos por explorar, se podía comenzar con lo más sencillo, con el parvulario de la economía, y así, si cada máquina o robot nuevo de media anula tres puestos de trabajo y genera uno.

Hagamos cuentas: tres menos uno, igual a dos. ¡Pues ya está!, dos cotizaciones que habría que cargar a la llamada inteligencia artificial y uno al nuevo cotizante, pero si nuestros representantes políticos y sociales siguen en sus trece de desviar el foco de atención de las pensiones, señalando a éste o aquel como responsable, y no le meten el diente al beneficio que generan la revolución tecnológica, estaremos siempre en la misma cantinela y el futuro de las pensiones se irá poniendo tan negro como el mismísimo Kunta Kinte. Negrísimo.