Todo suceso desagradable que tenga como protagonista pasivo a un niño es susceptible del mayor de los rechazos. No existe peor acción que la perjudicial para un bebé. El mundo se vuelca del revés cuando en algún rincón de su mapamundi un adulto atenta contra la integridad -contra los derechos- de un recién nacido. Porque un recién nacido no es un objeto de compraventa. Porque a un recién nacido no se le puede adjudicar un precio en metálico. A tocateja.

De un tiempo a esta parte existen muchos abusos en este sentido. Y a las pruebas nos remitimos. Un hombre ha vendido a su hijo. Lo ha hecho sin el menor empacho. Sin la menor consideración. Sin el más mínimo cariño, sin el menor afecto -claro está- por la criatura que ahora ve la luz para crecer en la vida. Para comenzar la andadura por su existencia.

Este hombre lo ha vendido justamente después de quedarse en paro. Ha perdido su puesto de trabajo por culta de esta maldita pandemia que tantísimos estragos viene creando en millones de familias de todo el mundo. El padre del bebé, al menos en apariencia, se encontraba en una estrecha situación económica. Se encontraba presionado por no poder pagar la hipoteca, ni tampoco las cuotas -los recibos- del coche.

Así las cosas, y según los resultados de las primeras investigaciones, la familia habría recibido 163 mil yuanes (más de 20 mil euros) a cambio del bebé, de sólo 40 días de edad. Un negocio ilegítimo que bien podríamos definir como una auténtica canallada. Como un gesto despreciable. El padre del niño optó por el camino más directo y de hecho el más fácil…

Persuadió a su mujer

Y ni corto ni perezoso persuadió a su esposa para vender al hijo de ambos. Y pusieron precio a algo que jamás debió tenerlo. Una infracción delictiva siempre. La mujer que compró el bebé, la compradora, es identificada con el apellido Xu. ¿Qué hizo? Pues entregó un collar y un brazalete de oro, además de los 20 mil euros, como parte del acuerdo económico con la familia, según informan los medios locales.

De entrada el intercambio parecía un éxito rotundo. Todo salió según pactaron ambas partes. El intercambio fue un éxito. Los padres recibieron la compensación oportuna y Xu se llevó al niño a casa. No obstante el destino -el destino de lo justo- se impuso. Se impuso sobremanera. El bien venció al mal. ¿Por qué? Porque la presión escénica, la presión de la secuencia de los hechos, finalmente propició un giro al decurso de los hechos.

Y es la compradora llamó la atención de las autoridades. Lo hizo mientras viajaba en tren con el bebé desde la provincia de Sichuan -lugar en el que residían los padres biológicos del niño-. Se dirigía hacia su domicilio en Anhui. El sexto sentido de las autoridades fue entonces un valor en alza. Una virtud determinante.

¿Un niño adaptado?

Porque la policía preguntó a Xu -de 43 años de edad- qué hacía con un bebé. La pregunta dejó estupefacta a la compradora. Quedó helada en un amén. Improvisó argumentaciones. Primero que si era un niño adoptado pero, tras un breve pero intensivo interrogatorio, acabó admitiendo la única verdad posible: esto es: que compró al niño. Acto seguido fue de inmediato detenida.

El veredicto será una contundente para los padres biológicos y la compradora. No hay otra. La ley vigente en el gigante asiático es absolutamente intolerante con el tráfico de niños. Implacable. La normativa establece que cualquier persona declarada culpable de tráfico y venta de niños puede ser encarcelada de cinco a diez años, cadena perpetúa o incluso la pena de muerte. Y es que los niños son palabras mayores.