España recibe una gran alegría: las merecidas calabazas para Estefanía

La gran final de ‘La isla de las tentaciones’ depara muchas sorpresas

El éxito de la ‘La isla de las tentaciones’ puede calificarse de arrollador. Ha superado con creces todas las expectativas. Ha rebasado todos los parámetros. Durante semanas no se ha hablado de otra cosa. Posiblemente ni siquiera de política. Mayores y jóvenes, abuelos y nietos, nueras y suegras. Unas y otros dándole a la sin hueso en función del desarrollo de un programa que ha provocado risas y alguna que otra lágrima (más sensible que sensiblera).

España sentó posaderas este pasado martes 11 delante de la caja tonta. Telecinco se las prometía muy felices. El triunfo ya se había logrado –por goleada- antes del último encuentro. Antes del último partido delante del candor de la hoguera.

En la gran final hubo de todo: sorpresas frontales, calabazas más que celebradas, llantos, contradicciones y humillaciones encubiertas. La expectación estaba encendida. Los ojos como platos.

No sabríamos precisar si ‘La isla de las tentaciones’ ha abrigado cierta envergadura de fenómeno social de masas. En la Era de la cosificación de los sentimientos ha aterrizado un espacio capaz de romper esquemas. ¿Por qué? Quizá porque las tentaciones y la infidelidad formen parte de la realidad circundante de buena parte de la sociedad española.

La fidelidad no siempre responde a cánones archisabidos. La fidelidad es un convencimiento a prueba de bombas. La fidelidad es más que un pacto de honor ante tu pareja. También comporta un signo de honestidad consigo mismo. Contigo mismo.

‘La isla de las tentaciones’ asimismo ha puesto sobre el tapete el grado de maldad de algunos seres humanos a la hora de dejar a sus parejas. O al punto de elucubrar maquiavélicamente para meter el dedo en la llaga del sufrimiento –del dolor, en suma- del prójimo. Y un aporte a todas luces evidente: encontrar personas auténticas –entiéndase la autenticidad como una transparencia que late sin remilgos de embustes o egos reconcentrados- es una pica en Flandes, una rara avis, una excepcionalidad cada vez más en proceso de extinción…

Sí, en proceso de extinción frente a la megalomanía y a la hipocresía que a menudo también impera en las relaciones interpersonales: pongamos por caso entre hombres y mujeres cuando la capacidad o la incapacidad de seducción entra en escena.

Por tanto, y tras concluir todas las tentaciones habidas y por haber en estos rayos catódicos de la novedosa propuesta televisiva, y sobre todo tras la gran final de este martes 11, sacamos la primera (contundente) conclusión: los ganadores han sido, y por este orden, Susana y la pareja José-Adelina.

Susana ha sido una persona íntegra. Llegó al programa para realizar una radiografía veraz del estado de salud de su emparejamiento con Gonzalo. Ambos estaban seguros del estado idílico de la relación que los unía. ¿O desunía? El caso Gonzalo es el clásico de chico que cree tener a su chica en la punta de los dedos (rendida a sus pies).

Gonzalo es simpático y tiene gracia. Pero en el amor nada está seguro… por siempre. Y se ha mostrado soez, demasiado extraviado de libido en sus comentarios, como un obseso carnal que verbalizaba su atontamiento por las tetas-culo-cuerpo de las otras concursantes.

Un alelamiento el de Gonzalo que ha dado “asco permanente” a Susana. Gonzalo jamás creyó que tales comentarios iban a desencantar a Susana, que es mujer de mucha valía. En belleza y en la integridad de personalidad. Susana ha sido veraz y hasta verosímil.

Incluso por encima de su fuerza de voluntad y muy a su pesar, Susana se ha desenamorado de Gonzalo. Él jamás lo hubiese siquiera imaginado. Hasta tal punto que en la hoguera última confesó la frialdad de sus sentimientos y decidió marcharse sola. El interior es una prueba de algodón que no engaña. Gonzalo no da crédito, tan único como se creía, entra en shock, piensa que se trata de una pesadilla y se derrumba.

‘La isla de las tentaciones’ también ha demostrado que el código de valores de la relación entre dos –la relación sentimental- igualmente responde a unos códigos muy específicos. Muy razonables. Muy sensatos. El engaño no va a ningún lado. El embuste tampoco. La insinceridad destruye. La insinceridad es un gesto de cobardía. Susana ha sido valiente y ha confesado a tiempo su desenamoramiento. Fani, por su lado, ha sido cobarde. Y articuló a “su novio” como una servilleta de usar y tirar. De la que incluso te puedes reír en una ruin humillación pública.

El minuto cenital recayó sobre las calabazas de Rubén a Fani. A la “eres mala” de Estefanía. De “Estefaníaaaa”. La arquetípica Cruella de Vill. La que reía mandíbula batiente frente al llanto derramado de Christofer.

Ella, tan altiva, tan regodeada en su sex appeal, tan redescubierta a sí misma, tan ridícula de puertas afuera, tan inmadura de puertas adentro, ha recibido el no de Rubén, quien además –como gigoló de postín- ha ejercido su papel con maestría. Y ha conducido a Fani por la propia poquedad de ella misma. Marioneta no de Rubén sino de su incapacidad sentimental. Y de su canallesca mentalidad.

Las calabazas de Rubén a Fani fueron celebradas por toda España. El país es de Christofer, el abandonado novio doliente, todo nobleza y franqueza. Todo pureza emocional. Fani ha ejercido de mujer fatal y resultó ser una segundona nada bella. Fani ha probado su propia medicina: la humillación nacional. Protagonizando un batacazo de mayor envergadura: el del rechazo de los espectadores. El de la no aceptación. Por su maldad, porque “eres muy mala”.

En síntesis: Susana deja a Gonzalo. ¡Bien! Ismael deja a Andrea. ¡Requetebién! Adelina y José se van juntos. Ellos sí estaban enamorados hasta los tuétanos. Ellos sí han ganado. Para sí y para los demás. Fiama encarna la actitud tóxica por antonomasia. Ismael regala a Andrea la indiferencia que ella se ha ganado a pulso. Andrea es un movimiento de pelo y el vacío de la nada a la misma vez.

Quien esto escribe ha leído “Andrea es la típica persona que hace daño a la gente pero intenta darle la vuelta a la tortilla para hacer creer que la culpa es de los demás”. Toda la verdad y nada más que la verdad. Álex ha sacado rédito: Fiama es actriz de la impostura. Miente por costumbre. Aprobado alto para Mónica Naranjo: ha sabido tomarle el pulso a un programa que ha unido a España delante del televisor. ¡España, al fin, unida por una misma causa!