Gregorio –Gregorio Esteban Sánchez Fernández– llevaba ya muchos años al pie del cañón. Subiéndose en los tablados de las madrugadas de una España aún en blanco negro. Luchaba entonces denodadamente por ganar cuatro perras gordas. Quería hacerse un hueco -el suyo, sin desplazar a nadie- en el difícil mundo del espectáculo. El flamenco gravitaba en su garganta con poderío. Con potencialidad, tono, toná y conocimiento de causa. Hablamos de Chiquito de la Calzada, a quien el éxito sí le sobrevino muchísimo tiempo más tarde.

Y además -giros bruscos de la ruleta del destino- no precisamente desde el género flamenco. ¿Quién le diría que sería el humor -el humor más de la calle, el humor en corto, es decir, los chistes- el que otorgaría fama y popularidad y dividendos a Gregorio ya en una edad más próxima a la jubilación que a la mocedad? Nunca es tarde si el reconocimiento es público.

El fenómeno Chiquito

Aunque lo suyo no fue cuestión de cierto golpe popular -las televisiones todo lo amplían y lo amplifican, como por ejemplo la elasticidad de la fama-sino más bien de todo un fenómeno social. Sí, Chiquito de la Calzada supuso todo un fenómeno social para España entera. Todos imitaban su formas, todos contaba sus chistes y todos los géneros requirieron su presencia, por ejemplo el séptimo arte, el cine, en el que Chiquito se adentró también cosechando éxitos como Pedro por su casa.

El personaje caía bien y la persona se daba a querer. Chiquito de la Calzada nunca dio la espalda a nada ni a nadie pese a que ya venía de vueltas de todo. Harto de coles, como aquel que dice. Pero tuvo su golpe de suerte. Una gracia en minúscula de la Gracia en mayúscula. No sólo aportaba una manera gestual diferente de narrar los chistes sino incluso un peculiar enriquecimiento del lenguaje en la aportación de neologismos que ya esculpirían su santo y seña.

El porqué de su sobrenombre artístico

Nació en el malagueño barrio de la Calzada de la Trinidad, hete aquí su sobrenombre artístico. Vino a la vida en el seno de una familia humilde. Su padre se ganaba la vida como electricista. Gregorio comenzó enseguida a hacer sus pinitos en el mundo del espectáculo. A los ocho años de edad, que se dice pronto porque pronta fue la iniciativa de lanzarse a las tablas.

Formó entonces el grupo ‘Los capullitos malagueños’. Ganaba algo, no mucho, en bodas, bautizos y comuniones. Posteriormente, Chiquito de la Calzada abandonó el grupo para proseguir en solitario. Con cantes flamencos. Flamenco en la noche gris de una España invertida hacia adentro. Hasta que entró en el Teatro Chino de Manolita Chen, ya con ferias y funciones por toda España.

Comprarse un piso en Málaga era su ilusión

En estos años, Chiquito de la Calzada conoció a su mujer. A su mujer total. A su mujer para toda la vida: Pepita. Se fijó un propósito: ahorrar casi todo lo que ganaba entonces para comprarse un piso en Málaga. Era su máxima ilusión. Un piso en el que vivir feliz y plácidamente con su esposa. No quería más. No deseaba menos. Llegó a obsesionarse incluso con sus ahorros. Tanto que durante una estancia en Japón dormía con los billetes escondidos en el mismo pijama.

Su mujer, Pepita, lo fue todo para él. Se hicieron inseparables. Eran el oxígeno que el otro, la otra, necesitaban. Por esta razón Gregorio disfrutó tanto de su exitazo, de su boom, a partir del programa ‘Genio y figura’. Porque pudo darle una vida más holgada económicamente a la niña de sus ojos, al amor de sus amores.

Chiquito de la Calzada se alzaría igualmente como un agudo inventor de palabras. Y no cesaría de actuar de la mano de su “fistro”, “pecador de la pradera”, “hasta luego, Lucas” y “te das cuén”. Murió de la madrugada del 10 al 11 de noviembre de 2017. Desde entonces España lo ha llorado tanto como echado de menos. Un genio precoz al que la fama le vino en la edad madura. Más vale tarde que nunca.