La bifurcación de Morton es un dilema lógico en el que una persona debe elegir entre dos alternativas cuyos resultados son igualmente malos o, lo que puede ser aún peor, decidir no hacer nada.

Básicamente este dilema surgió cuando el lord canciller Morton, arzobispo de Canterbury, estaba tratando de incrementar la recaudación de impuestos de su señor, el Rey Enrique VII y llegó a la siguiente conclusión: si los súbditos del reino llevaban una vida de opulencia y extravagancia se debía, lógicamente, a que disponían de bienes y riquezas y, en consecuencia podían pagar más, por el contrario, si llevaban una vida austera y sobria es porque ahorraban y, en consecuencia, también podían pagar más detrayendo una parte de sus ahorros.

Allá por el siglo XIX se acuñó en Inglaterra el término “Morton’s Fork” para describir una situación en la que dos observaciones contradictorias, dos argumentos contrarios, conducen a la misma mala situación. ¿Y porqué traigo a colación esta historia? Pues sencillamente porque creo que mi partido, Ciudadanos, se encuentra actualmente es la misma situación.

Obligaciones de Ciudadanos

Por un lado nos encontramos con la obligación natural, incluso moral, de un partido que se autodefine de centro, de negociar los presupuestos en pos del interés general y del bien común de los españoles, con el actual gobierno social-comunista y con un Presidente de gobierno para el que la palabra dada carece de valor y todo gira en torno a sus intereses personales y su supervivencia política, lo que supone un enorme riesgo de futuro para la formación naranja y conlleva la incomprensión de muchos antiguos votantes incluso algunos afiliados.

«Nos íbamos a tener que comer con patatas el presupuesto»

Por otro lado tenemos la posibilidad de romper con esas negociaciones y asumir las negativas consecuencias de esa ruptura teniendo en cuenta los últimos hechos relevantes ocurridos, desde la falta de respecto de algunos miembros de Unidas Podemos (se me viene a la memoria la frase de ese personaje, oscuro y soberbio a un tiempo, llamado Pablo Echenique, diciendo que nos íbamos a tener que comer con patatas el presupuesto), hasta la más que polémica y trascendente Ley Celaá que condena a la educación especial a su extinción.

Y por consiguiente, al sufrimiento a muchas familias que la necesitan y, por si fuera poco lo anterior,  pretende suprimir el segundo idioma más hablado del mundo, el castellano, como lengua vehicular en las escuelas, en clara contrapartida a sus socios independentistas, condenando en el futuro a muchos niños a tener dificultades para poder trabajar en las regiones de su propio país de origen y quebrando un elemento vertebrador tan importante como es el lenguaje de este proyecto común llamado España que algunos nos empeñamos en defender con uñas y dientes.

Le importan un pimiento las encuestas

Nuestra Presidenta, Inés Arrimadas, ha declarado públicamente y cito de manera literal, que le importan un pimiento las encuestas, le importan los españoles. Está muy bien y este principio del interés general debería ser el que rigiera la acción política de todos los partidos, con independencia de su ideología, pero la realidad nos demuestra que no es así.

Si la gestión de este complejo dilema por parte de los responsables de mi partido no es la correcta y no son sopesan adecuadamente las consecuencias podría ser el final del centro político en España, lo cual sería muy negativo en el futuro y más en estos momentos de polarización. La búsqueda de ese equilibrio entre el interés general, entre hacer lo correcto y la supervivencia del proyecto naranja, es en lo que nuestros dirigentes se deben afanar en estos momentos cruciales. No es tarea fácil ni menor, no me gustaría estar en sus zapatos, pero de la resolución de este dilema dará cuenta su talla política. Por mi parte solo me queda desearles suerte y mucho acierto.