El bobo de Coria (recordando a Velázquez)

Un 6 de junio nacía en Sevilla el gran pintor Diego Velázquez

Un 6 de junio, concretamente el del año 1599, nacía Diego de Silva y Velázquez en Sevilla, en una casa de la calle Padre Luis Llop, edificio que aún se conserva, y en estado mejorable por cierto. Es hoy buena ocasión para hacer un recuerdo de tan genial artista, gloria de España, calificado mayoritariamente como el mejor pintor de nuestra historia. Podríamos hablar de su vida, pero dejemos que hable por él su obra.

Puestos en eso, podríamos concentrarnos en uno de sus cuadros y elegir alguna de sus piezas maestras, de esas que todo el mundo identifica rápidamente como grandes aportaciones a la Historia del Arte; digamos Las Meninas o Las Hilanderas o Las Lanzas, digamos Los Borrachos o La fragua de Vulcano.

Casa natal de Velázquez

Sin embargo, puede resultar más interesante fijarnos, aunque sea una vez, en alguno de los cuadros que resultan menos brillantes, menos atractivos. ¿Podrá reflejarse en ellos el genio del artista? Enfoquémonos en el conjunto de los retratos de bufones y de él cojamos uno, no exactamente al azar pero sí siendo consciente de que no es el primero que se recuerda al hablar de Velázquez. Elijamos el llamado El bufón Calabacillas o El Bobo de Coria.

El bobo de Coria

Velázquez, como pintor de Cámara, tuvo que dedicarse especialmente a realizar retratos de los diferentes miembros de la familia real o de personajes cortesanos. Además tenía licencia para realizar también cuadros de encargos procedentes de particulares. Nuestro artista estaba especialmente dotado para el retrato ya de desde su primera juventud, cuando por tal motivo empezó a hacerse conocido en Sevilla, fama impulsada además por el que era su profesor y sería luego su suegro. Era así hasta tal punto que cuando llegó a Madrid y empezó a tener éxito con sus pinceles en la sociedad cortesana, poniendo en peligro el prestigio de pintores consagrados (sin excluir al que entonces era pintor de Cámara), éstos solían despachar el tema con un simple «es sólo un pintor de retratos».

Retratar a la persona que encarga la obra tiene un inconveniente, y es que tiene que verse favorecida. ¿Y si no existiera esa limitación? En la década de los 30 del siglo XVII, cuando Velázquez, vuelto de su primer viaje a Italia, había adquirido ya su plena madurez, recibió directamente del rey Felipe IV el encargo de hacer una serie de cuadros de bufones, que podría pintar con total libertad. Los bufones eran normalmente personas inteligentes e instruidas y Velázquez se acerca a estas figuras sin prejuicios, va de persona a persona y nos deja lo que se consideran obras cumbre del retrato en la cultura occidental. Volvamos en nuestra pieza.

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Los retratos de los bufones se fueron colgando en un par de sitios de preferencia real; uno era el palacio del Buen Retiro y el otro, la Torre de la Parada. Era ésta un pabellón de caza, utilizado como lugar de descanso y construido en el Monte del Pardo, y las pinturas velazqueñas allí destinadas se ejecutaron con una libertad y una intimidad en las escenas que no se podían permitir en los cuadros de los salones destinados a las grandes ceremonias. El cuadro que hemos elegido estaba entre las pinturas de la Torre de la Parada.

Antes que nada, vamos a hacer una alusión al título del cuadro. Se le llamó «El bobo de Coria» desde un principio y así figura en su primera referencia escrita cuando en el siglo XVIII se le cuenta en el catálogo de Palacio; además, con tal denominación pasó al Museo del Prado. Sólo es en el siglo XX cuando el personaje es identificado como Calabacillas, diminutivo de Calabazas. Más tarde se llegará a decir por algunos, como Julián Gállego, que el título de «El bobo de Coria» es una atribución errónea, pero no se especifica el motivo por el que es errónea.  No es fácil comprender cómo en el siglo XX se puede saber mejor que en el siglo XVII y en el XVIII quién era el personaje representado. Ahora se dice que es el bufón Juan Calabazas. Sin embargo, lo cierto es que otras opiniones mantienen la existencia de Juan Martín, un bufón del Duque de Alba y Marqués de Coria, que vivía en el castillo palacio que el noble poseía en la ciudad episcopal del río Alagón (castillo que hoy se sigue conservando en buen estado). Ese bufón habría nacido en Calabazas, un pueblo de  la comarca de Las Hurdes, que hoy se llama Caminomorisco tras el cambio de nombre propiciado a principios del siglo XX. En Las Hurdes (pertenecientes al señorío de la Casa de Alba) eran frecuentes, hasta bien entrada la centuria pasada, los casos de cretinismo, un ejemplo de lo cual debió ser nuestro personaje, que fue regalado por el Duque al Rey, pasando desde Coria a servir, al principio, a su hermano Fernando, cardenal infante. Por tanto, no es Juan Calabazas sino Juan de Calabazas.

En el retrato la imagen se clava en el espectador con la intensidad de algo vivo y con personalidad individualizada, propio de Velázquez, que solía revestir los temas más ricos de contenido con un ropaje real y concreto. Se trataría de un individuo con hidrocefalia y con deficiencias en las piernas. El gesto casi satisfecho de la pose y la sonrisa entre beatífica y vacía chocan con la postura inexpresiva de las manos y con la soledad dentro de una habitación desamueblada donde sólo unas piedras hacen de asiento. La colocación del personaje en un primerísimo plano sobre un espacio indeterminado, junto a la postura de las piernas, forzadísima por su deformidad física, aumenta la comunicación con el espectador.

Destaca el trazado del cuello y los puños de encaje flamenco, resuelto con una pincelada fina, libre, rápida y certera, que resulta en una apariencia deshilachada. Las manos pueden parecer esquemáticas pero en realidad preludian una técnica impresionista. El rostro está modelado con un sfumato con el fin de desenfocarlo, para lo que el pincel se utilizó con poca materia y su repetida frotación ayudó a lo borroso de la cara; sin embargo, queda resaltado el estrabismo de los ojos aunque suscita compasión. Ese sfumato, técnica que creó Leonardo da Vinci y que tanto practicó Velázquez, es una de las pocas evidentes herencias del arte renacentista que consolidó nuestro artista, dentro de su interés en marcar territorio y presentarse como innovador; recordemos que, hablando de Rafael, llegó a decir que «Rafael no me gusta nada; no sabía nada de carnaciones».

Mediante el recurso a la sombra aparecen claras las deformaciones de la frente de nuestro bufón. De esta forma, sale un retrato realista que, no obstante, encierra alguna intención alegórica y es, desde luego, una de las figuras más angustiosas que de su época reflejó Velázquez. Es un retrato realista como ejemplo magnífico de pintura psicológica. Por demás, en algunas zonas del lienzo queda al descubierto la base parda como parte integradora de la pintura; este recurso será luego muy utilizado en el siglo XX.

Aparece a la izquierda del bufón una calabaza, que tapa la sombra de una jarra, que el artista pintó primero y luego quiso sustituir; ahí tenemos un arrepentimiento, de los que con frecuencia vemos en la obra velazqueña, consecuencia de no dibujar previamente sobre el lienzo sino que con el color se modela directamente la forma.

En el borde inferior del cuadro se presenta un vaso de vino, que puede ser la razón de la actitud sonriente. A la izquierda del espectador aparece tumbado en el suelo algo que parece vasija dorada de cuerpo esférico y que puede ser una jarra metálica, de la que salió el vino que llena el vaso. Algunos críticos han identificado este objeto con una segunda calabaza, sólo para justificar el apodo del protagonista, que tendría supuestamente la costumbre de jugar continuamente con dos calabazas. Se trata, en nuestra opinión, de una voluntariosa e infundada explicación, sólo producto de ignorar que el nombre del pueblo de origen era Calabazas.

Cerramos señalando que la maestría libre que Velázquez muestra en este cuadro llevó a algunos a creer que su factura correspondería a una fecha muy posterior, a una etapa de mayor madurez del artista; sin embargo hoy se considera pintado sobre el 1636 por cuanto no pudo ser posterior a la fecha de fallecimiento del bufón, ocurrido en 1639.

Es en los retratos de los bufones donde Velazquez despliega su inmensa capacidad para profundizar con sus pinceles en la psicología de los personajes de una manera amistosa, comprensiva y compasiva. No en vano, ante otro cuadro de bufón («Pablo de Valladolid») es donde el padre del impresionismo, Eduardo Manet, dijo en 1865: «Es quizás el trozo de pintura más asombroso que se haya realizao jamás». Es el mismo Manet que dijo que Velázquez era el pintor de los pintores y el pintor más grande que haya habido jamás, mientras aconsejaba a los impresionistas franceses que acudieran al Museo del Prado para terminar de comprender lo que es la pintura, consejo que muchos siguieron. Así se confirmaba que el gran sevillano era el precursor del impresionismo y, por ende, el primer pintor moderno. No en vano todo pintor del siglo XX que se precie practica de una u otra forma el impresionismo.

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