Una madre asesina a su hija para que no vea al padre

“Es un monstruo: ¿quién es capaz de hacer estas cosas?”

Otro caso indignante. Otra asesina. Otro suceso injusto. Que provoca la ira de propios y extraños. Dos fines de cada mes, los viernes por la tarde, José Manuel Leal no hacía sino esperar en la mismísima puerta de la casa en la que vivía su pequeña Desirée en la localidad lucense de Cospeito. Allí residía con su madre, la madre de la pequeña, de nombre Ana Sandamil, es decir, la expareja de José Manuel. Desirée contaba con siete años de edad. Iba siempre risueña, alegre, muy alegre, con su papá y ambos disfrutaban del fin de semana en común. Se llevaban a las mil maravillas.

Hasta que hace justamente un mes, durante la mañana del viernes 3 de mayo, José Manuel no pudo ir a esperarla porque antes recibía una trágica llamada, la peor que se puede recibir… La más inesperada. La más desconcertante. Eran las ocho y al otro lado del teléfono sonaban, resonaban, las palabras tristes, apagadas, de la madre de Ana: “Desi murió”, le dijo. Llanto del alma, llanto interior, desgarro exterior. Silencio de puntos suspensivos.

El padre cogió el coche, y sin pensárselo dos veces se dirigió aturdido a la parroquia de Muimenta. Allí se se encontró un descomunal dispositivo policial que nadie del vecindario recordaba haber visto nunca. Era algo sin precedente. Sin parangón. Sin igual. Los investigadores estaban ya desplegados -cada cual en su sitio, en su zona- por la escena del crimen. Había datos contrastados. La niña había pasado la noche con su madre. La abuela, esa mañana, encontró su cuerpo.

¿Cómo estaba la niña? Estaba desnuda, tapada con las sábanas de la cama. Presentaba lesiones en el rostro, en los labios y en el cuello. Lesiones patentes, lesiones a ojos vista. Yacía… ¿Cómo? Muerta. Había fallecido. La mujer llamó rápidamente al 112 pero desafortunadamente los servicios de emergencias no lograron reanimarla.

Otro dato contrastado: el cuerpo inerte de la pequeña atestiguaba que llevaba algún rato ya sin vida. Dentro de la casa encontraron también a la madre, envuelta en una manta y absolutamente enajenada. Del todo enajenada. Durante este mes la mujer ha permanecido ingresada en el módulo de psiquiatría del Hospital Universitario Lucus Augusti de Lugo.

El suceso se ha desvelado ahora. Hasta allí se trasladó esta semana la jueza del Juzgado Mixto número 1 de Vilalba. De todas a todas quería tomarle declaración porque figuraba, desde el primer día, como principal sospechosa de haber acabado con la vida de la pequeña. Todos los indicios apuntaban a la progenitora. La mujer llamó a su abogado. Y, en efecto, el letrado estuvo presente durante el breve intercambio, ya que Ana, la madre de la niña asesinada, se acogió a su derecho a no declarar.

En ese momento, la jueza la detuvo y la mandó a prisión provisional, comunicada y sin fianza. Está acusada de un delito de homicidio o asesinato de la niña. Las declaraciones del padre son explícitas: «Si tenía problemas ahora lo desconozco, pero nuestra separación para ella no fue traumática. A los dos meses me comunicó que había conocido a otro chico», dice. «Yo no tenía ni idea de que estaba a tratamiento, si no habría hecho algo, y si estaba tan mal lo pondría en conocimiento del juzgado o iría al cuartel. Nadie me comentó nada, pero estar a tratamiento no es excusa de nada, porque yo también estuve y lo estoy ahora y nunca se me ha ocurrido matar a nadie». Lo dice un hombre que define a Ana Sandamil como una mujer «posesiva» con su hija y que se muestra contrariado con la idea de que hablar de enfermedad exima de responsabilidades.

«Es un monstruo: ¿quién es capaz de hacer estas cosas? Y a mí me han destrozado la vida, supuestamente le ha arrebatado la vida y me ha quitado lo mejor que se le puede quitar a alguien. Y este trastorno me quedará para siempre porque mi niña lo era todo para mí», asegura José Manuel Leal, que echa en falta el apoyo de movimientos sociales que se hacen en otras circunstancias, como cuando el feminismo se involucró con casos como el ‘Todos somos Juana’. «Y el ‘Todos somos Desi’», dice. «Ella tenía toda la vida por delante», concluye emocionado, mientras habla de que este viernes estaban todos en la parroquia xermadesa de Roupar, donde viven los abuelos paternos, menos ella.