El ‘Batman’ de las Islas Caimán: la historia del misterioso multimillonario americano

Kenneth Dart tiene una fortuna personal de casi 60.000 millones de euros y lleva una vida secreta desde los años noventa

La historia de Kenneth Dart da para una película. Su principal negocio conocido es la empresa Dart Container, que fabrica más vasos y envases de poliestireno que todos sus competidores juntos, los suficientes como para permitirle amasar una fortuna en torno a los 60.000 millones de euros.

En las islas Caimán le comparan con Batman, por el secretismo que le rodea desde que llegó tras renunciar a la ciudadanía estadounidense para evadir al fisco.

Desde entonces —era principio de los noventa— su actividad continúa y su fortuna sigue creciendo, pero se ha convertido en un hombre misterioso que no habla con la prensa, que no aparece en los medios y del que los residentes en el archipiélago caribeño afirman que vive rodeado de un pequeño ejército de guardaespaldas y los mejores sistemas de seguridad.

En su decisión ha debido tener algo que ver que en septiembre de 1993, cuando estaba a punto de renunciar a ser un ciudadano estadounidense para no tener que pagar los impuestos que suponía seguir perteneciendo al país en el que nació, alguien todavía sin determinar prendió fuego a su vivienda de Florida utilizando los suficientes litros de gasolina como para no dejar lugar a dudas de que se trataba de un incendio intencionado.

Sin datos ciertos sobre el autor, solo queda la idea de que Kenneth tiene enemigos y no le importa demasiado si se trata de seguir haciendo dinero. Además de Brasil tiene países enteros en su contra: Ecuador, Argentina, Turquía, Polonia, y el mismo Estados Unidos, adonde no puede regresar desde que huyó para esquivar al fisco junto con su abogado fiscal, Richard Rastall.

Adquirió la ciudadanía irlandesa, se declaró habitante de Belice e intentó abrir un consulado en Sarasota, Florida, con él como cónsul. Una estratagema para seguir evadiendo impuestos en su país pero vivir en él como diplomático extranjero y sin que se le puedan cobrar tributos.

El siguiente paso de Dart fue establecerse en las islas Caimán junto a su abogado y buscar un domicilio acorde a sus pretensiones: compró un decadente hotel de lujo, el West Indian Club, en Seven Mile, que en muchas guías aparece reseñada como la mejor playa del Caribe, y lo convirtió en su casa. Un fortín vigilado por un pequeño ejército desde donde ha ido comprando una tras otra propiedades de Gran Caimán hasta que se ha hecho con casi la cuarta parte de la isla.

Clubes naúticos, hoteles y terrenos han ido engrosando sus propiedades y revalorizando la zona hasta elevar el precio de su zona más exclusiva a más de 4.000 euros el metro cuadrado de terreno urbanizable.

Mientras, Dart sigue desaparecido. Nadie le ha visto y los periodistas estadounidenses que se han lanzado en su búsqueda se han encontrado con sus negocios pero no con alguien que le hubiera podido ver.

Su imperio crece, pero son sus empleados quienes dan cuenta de las adquisiciones de la compañía. Él decidió desaparecer y huir del fisco y ahora solo sus empresas, sus propiedades y sus pleitos hablan por él.