Llega noviembre. Llega con su tono luctuoso, aunque este 2020 el sol pega de justicia. Noviembre familiar, solecito en la calle y, por el contrario, encierro en casa por prescripción sanitaria contra la pandemia. Una situación inacostumbrada, una situación inédita para todos, una situación sin parangón, una situación sin precedentes. Ni las más veteranos recuerdan una similar siquiera de oídas.

Noviembre es tradición. Noviembre es visita a los difuntos. Noviembre es concurrencia de cementerios. Gente que recuerda, que llora, próxima a los cipreses. Flores -ramitos- sobre el mármol y sentimientos que no olvidan. Noviembre es luctuoso por antonomasia, luctuoso por remembranza, luctuoso en las anuales costumbres que son hábitos tan particulares como generales.

Noviembre suele ser mes de sombras. De ánimas. De castañas calentitas. De abrigos que caen -por imperiosa necesidad- de los armarios. De los roperos de las alcobas antiguas. De los altillos de los fríos que sin embargo no llegan. O no llegan del todo. De pensamientos a corto plazo ya proyectados sobre las Pascuas. De Navidades en lontananza. De polvorones sobre los estantes de los grandes centros comerciales.

Y, en los templos, las Sagradas Titulares de las Hermandades y Cofradías de Semana Santa. Todas, o prácticamente todas, coinciden estos días en los Templos vestidas de negro. Un signo tradicional de las corporaciones nazarenas. El arte de los vestidores gira la tuerca de la originalidad. Cada cual da brillo a su potencial creativo. Los vestidores de las Imágenes son, per se, artistas.

Luto como muestra de sentimientos

Es un rito que gusta muchísimo en el mundo de las cofradías: el de ahora visitar las iglesias, las capillas, los conventos, para comprobar in situ cómo han vestido de negro esta vez a tal o cual Dolorosa. Estará la Madre de Dios de riguroso luto.  ¿Qué entendemos por luto? Pues la expresión medianamente formalizada de responder a la muerte, esto es: la muestra externa de los sentimientos de pena y duelo ante el fallecimiento de un ser querido.

Podemos contextualizar a efectos de enriquecimiento de datos: en los países occidentales, esto incluye los entierros, las esquelas y ropa de luto, entre otros. En Europa continental la costumbre de llevar ropa negra sin adornos en señal de luto se remonta al menos al Imperio Romano, cuando la toga pulla hecha de lana de color oscuro se vestía durante los periodos de luto. Durante los significativos y muy reflexivos periodos de luto.

En el orbe cofradiero también existe otra tradición muy arraigada durante el mes de noviembre: la convocatoria de las misas en sufragio de los hermanos difuntos, muy especialmente por los fallecidos a lo largo del año precedente. Las iglesias se llenan de devotos guardando, eso sí, las medidas de seguridad establecidas: lavado de manos, mascarilla y distancia física.

Cabe recordar que vestir de luto a las Vírgenes es una costumbre que en los últimos años ha tomado gran protagonismo llegando incluso a las hermandades de gloria que también intentan, en algunas y no en todas, presentar a su Imagen Titular de forma más sobria y con colores más oscuros con el fin de hacer presente a sus fieles difuntos.

Los colores de la liturgia

Mas datos: hay que tener presente que las dolorosas suelen adaptar a sus atuendos los colores de la liturgia. En esto las cofradías son grandes maestras. Antes del concilio Vaticano II se podían usar mas colores, cosa que los vestidores siguen aprovechando en nuestros días. En la actualidad desde el concilio Vaticano II se usa el morado como color litúrgico, aunque el uso de ornamentos negros no se ha prohibido y sigue siendo opcional.

En las Hermandades nada se deja a la improvisación. Todo responde a un canon simbólico. Un simbolismo y un canon que provienen del arte barroco. Se equivocan de lleno quienes piensan que todo desciende del gusto particular de los vestidores o incluso de las propias camareras de las cofradías. Cuando, en realidad, toda impronta tiene su porqué. También en el negro de los mantos de las Dolorosas está impresa la nostalgia por los cofrades que un día marcharon al encuentro del Padre.