¿Por qué Manu Sánchez gusta tanto en Jerez?

Ofrecemos 7 claves del porqué de este natural seguimiento

Ningún artista tiene adjudicado un índice de público por el arte del birlibirloque. Los respaldos o los rechazos – la indiferencia es el más agrio de los rechazos- de los espectadores o de las masas que acudan a los teatros de España dependen de no pocos factores. Una potente campaña de Comunicación o una ágil estrategia de marketing no aúpan a un artista así como así.

Nadie tiene la fórmula secreta del éxito, ni su piedra filosofal. Ni el abracadabra de las puertas de la fama (merecida en clave de excelencia). Ni la receta mágica que se esconda en la chistera de lo inédito. Los aplausos no prorrumpen por el chasquido de la casualidad. Nadie regala nada a nadie. Menos aún en el arduo y complejo mundo del espectáculo.

Manu Sánchez es un humorista -con todas sus letras- que pronto -muy joven- supo encontrar su sitio, su personaje, su producto, su marca, su logos. Conectó con el público sin rendijas de distanciamiento. Coincidiendo en el mismo código, en la identificación de un idéntico espíritu, en la envergadura de una obra de arte pasada por el rico tamiz de la risa.

Es decir: un cómico. Cabría preguntarse por qué gusta tanto en Jerez. Y no porque en estos días esté representando en el Teatro Villamarta -con duplicado éxito- su original obra ‘El buen dictador’.

Pues en Jerez encuentra una legión de seguidores que pueden contarse por miles. Seguidores de entonces y seguidores de ahora. De todas las edades, de varias generaciones. Al margen de género y de número.

En Jerez pisa las tablas y ha de volver enseguida. A duplicar las actuaciones previstas . En Jerez se le quiere y admira. En Jerez se le reconoce nunca ni por exceso ni por defecto. En Jerez se le sigue -antaño y hogaño- por televisión. En Jerez enseguida brotó la conexión. Ofrecemos siete claves del porqué -recalcamos de nuevo- gusta tanto Manu Sánchez en esta ciudad.

Primero: la gracia personal. Ese don inclasificable que en esta zona de Andalucía Occidental hemos dado en llamar ángel. Un virtuosismo a nativitate que el cielo concede a una serie de privilegiados. Un don inimitable que pertenece al ADN de quien lo posee. Un rasgo más que un rango. Un halo , una ala que, en su apertura, imita la silueta de la sonrisa del prójimo.

Segundo: el físico. Existen físicos que expresan o, por mejor decir, que encarnan el humor . En dermis propias. Que exteriorizan cuanto late dentro a golpe de gracia. Como una prolongación en la piel de la carcajada que se incuba en los adentros del artista.

Ocurría con Paco Gandía, por ejemplo: que sólo verlo en el escenario y, antes de que pronunciara media palabra, ya te partías de risa. Ni por guapo ni por feo. Ni por atractivo ni por poco parecido. Son casos en los que la parte por el todo forman un solo bloque. Las facciones, los gestos, los ademanes… también sustancian la obra de arte.

Tercero: el ingenio. Entiéndase como ingenio “la capacidad que tiene una persona para imaginar o inventar cosas combinando con inteligencia y habilidad los conocimientos que posee y los medios de que dispone”. En este sentido nuestro protagonista es número uno. Capitán general. Cabeza de serie. Un abanderado. Un portento.

Cuatro: la cultura. ¿Rara avis? Depende de con quién o quiénes lo asemejemos. Antaño los humoristas todos eran de suyo intelectuales. Personas muy cultas. Cultísimas. Algunos porque debían enfocar las temáticas con la doble lectura necesaria para zafarse de un plumazo de las tachaduras de la censura. El humor es un acto inteligente. Por su creación y recreación. Por su invención, que no invectiva.

Manu Sánchez posee una densa cultura. Cultura universal además, como así los preclaros humanistas. Y basa su humor también en acontecimientos históricos, en diagramas de venn, en análisis antropológicos, en nostalgias colectivas y en el noticiero del aquí y el ahora. Se nota a leguas su formación académica. Sus abundantes lecturas. Su capacidad conectiva. Su intuición analítica. Para exprimir el resultado de la mandíbula batiente del público.

Quinto: la bonhomía interpersonal. Manu Sánchez no es dañino en sus monólogos. En sus parodias. En sus funciones teatrales. En sus guiones televisivos. En su puesta en escena. No daña a ningún tercero. No es sarcástico. No es vehemente. No es violento. No es cainita. Es amable y rocambolesco. Es genial de genio en cuanto a la reinterpretación de la realidad. Para ver más allá de las fronteras de nuestra retina. Si de alguien se ríe…es de él mismo.

Sexto: No recurre a las técnicas o a los giros de humor tópicos. El tópico, entendido de la manera más pedestre, es -siempre fue- perjudicial para la plasmación -para el arquetipo manido- del andaluz. Del andaluz como ciudadano y del andaluz como imaginario social. Lo que traducido resulta: Manu Sánchez no encaja en el molde de cuanto -merecida o inmerecidamente- se ha dado en llamar el ‘gracioso andaluz’.

Porque ‘el gracioso andaluz’ sufre la carga de quienes quieren serlo a toda costa sin aproximarse siquiera a su ideal. Sino más bien todo lo contrario (el gracioso que ejerce de tal suele personificar la guasa viva a raudales). Manu rehúye del tópico para construir sus propios textos, su tono, su enfoque distintivo. Su sello.

Y séptimo: conoce la idiosincrasia de los andaluces. Para hacer reír a los andaluces ha de dominarse al dedillo el modus operandi y el modus vivendi de los nacidos bajo el designio de la blanca y verde. Las claves y los códigos. Cómo se respira, cómo se siente, como se relaciona la gente. Qué gusta y qué disgusta. Qué atrae y qué provoca rechazo.

Tan es así esta identificación que Manu Sánchez optó por volver a cadenas televisivas autonómicas cuando presuntamente no se sintió muy a gusto o no del todo comprendido -en la conceptualización y contextualización de su humor- en cadenas nacionales. U otro botón de muestra: su última -siempre penúltima- obra de teatro ha sido seguida y aplaudida por miles de personas en el circuito teatral elegido: el de los escenarios de toda Andalucía.